AUTOCONCEPTO Y AUTOESTIMA EN LA ADOLESCENCIA

La adolescencia es una etapa de la vida en la que, en modo más o menos paulatino, convergen en el individuo cambios de distinta índole que deberán ser adecuadamente integrados en su autoconcepto. El autoconcepto que comenzó a afianzarse al final de la infancia será ampliado y modificado durante el periodo de la adolescencia.

Desarrollo del autoconcepto en la adolescencia

Elkind (1967). Identificó dos fenómenos propios de la etapa donde el paulatino avance en las capacidades de introspección y puesta en el lugar del otro también puede jugar malas pasadas a los adolescentes, identificó dos fenómenos propios de esta etapa a los que calificó como «audiencia imaginaria» y «fábula personal».
Fischer (1980). Al inicio de la adolescencia el individuo se encuentra en el «nivel de las abstracciones simples», lo que significa que aún no puede comparar abstracciones entre sí y, por tanto, no puede relacionar los diferentes aspectos de su Yo.
Fischer (1980). Entre los 17 y 18 años el individuo se sitúa ahora en el nivel de «los sistemas abstractos», lo que trae consigo la posibilidad de integrar las abstracciones simples en otras de nivel superior.
Harter y cols (1992, 1997). Enfrentaron a grupos jóvenes de adolescentes con las posibles contradicciones de su personalidad (p.ej., ser muy extrovertidos con los amigos pero muy torpes e inhibidos en las relaciones con extraños), y observaron que las respuestas de los entrevistados reflejaban la ausencia de comparación e integración pronosticada por Fischer.

El autoconcepto es una representación del Yo que, en su forma madura, tiende a asumir la estructura de una teoría. En este sentido, el autoconcepto del adolescente deberá cumplir una serie de requisitos formales como ser internamente consistente o permitir predicciones fiables sobre la conducta. Por este motivo, su elaboración aparece íntimamente ligada al desarrollo de las capacidades cognitivas relacionadas con la lógica formal.

Los datos sobre la construcción del autoconcepto sugieren un avance de las mismas algo más lento y descoordinado. De hecho, y en virtud de estos desequilibrios, en la adolescencia suelen diferenciarse tres etapas marcadas por cambios cualitativos en la estructura del autoconcepto.

Adolescencia inicial (entre los 11 y los 13 años). Los autoinformes que refieren los adolescentes revelan un aumento significativo de abstracciones en la definición del Yo, incrementándose de forma notable las referencias a atributos personales e intangibles.

  • Los autoinformes reflejan también una proliferación de roles.
  • Al comienzo de la adolescencia se aprecia un giro hacia la:
    • Intimidad.
    • Abstracción.
    • Diferenciación de los roles desempeñados.
    • Mayor importancia a la opinión de los demás.
  • A medida que se asciende en el nivel de abstracción, las generalizaciones son más difíciles de contrastar, por tanto, si se producen distorsiones o sesgos sobre la personalidad éstos serán más difíciles de refutar.
  • Al inicio de la adolescencia el individuo se encuentra en el «nivel de las abstracciones simples», lo que significa que aún no puede comparar abstracciones entre sí y, por tanto, no puede relacionar los diferentes aspectos de su Yo.

Adolescencia media (aprox. entre los 14 y los 15 años). Los relatos sobre la personalidad revelan cierto conflicto ante las inconsistencias del Yo.

  • La comparación de los distintos roles y atributos del Yo deja al descubierto los opuestos de la personalidad y la apreciación de estos contrastes motiva en los adolescentes cierto sentimiento de confusión en relación a su identidad.
  • La adolescencia media es el periodo que mejor puede acoger los conceptos de crisis de identidad y moratoria a los que aluden Erikson y Marcia.
  • La sensación de diversidad y heterogeneidad respecto a la propia identidad hace que se agudice la preocupación del adolescente por la opinión de los demás. Sin embargo, esta preocupación a menudo
  • complica más las dudas sobre su personalidad, ya que los distintos colectivos (padres, profesores, compañeros, etc.) suelen tener ideas diferentes sobre su identidad y grado de madurez.
  • El problema de la retroalimentación social se agrava ante la posibilidad de advertir que nunca será posible determinar con exactitud lo que piensan los demás.
  • El paulatino avance en las capacidades de introspección y puesta en el lugar del otro también puede jugar malas pasadas a los adolescentes, debido fundamentalmente a la inmadurez de las habilidades
  • metacognitivas para su control.
  • Audiencia imaginaria.
  • Fábula personal.

Adolescencia tardía (entre los 17 y 18 años). El adolescente comenzará a integrar los rasgos más contradictorios de su personalidad. El individuo se sitúa ahora en el nivel de «los sistemas abstractos», lo que trae consigo la posibilidad de integrar las abstracciones simples en otras de nivel superior.

  • Los cambios de humor pueden asumirse en el marco de un carácter irascible o caprichoso.
  • Puede definirse como una persona ambivalente en muchos aspectos de su personalidad.
  • Al final de la adolescencia:
    • El autoconcepto tiende a saturarse de atributos que ya no dependen de la comparación social, de modo que las referencias a cualidades interpersonales van dando paso a nuevos atributos basados en criterios más personales, comprometidos con los ideales y valores del propio individuo.
    • Es más probable que se produzca una aceptación natural de los contrastes de la personalidad y una definición más personal y estable de los rasgos del Yo.
  • Algunas personas pueden quedar atascadas en una personalidad hipotecada, o en una personalidad fragmentada y patológica, no escasa de sentimientos de angustia e inadaptación.

La autoestima en la adolescencia

Robins y cols. (2002). Estudio a más de 300.000 individuos de entre 9 y 90 años, y encontró una tendencia descendente de la autoestima entre los 9 y los 20 años, seguida de una recuperación y un incremento gradual hasta la edad de 65 años, momento en que nuevamente la autoestima global volvía a descender.

Desde los estudios clásicos se ha venido asumiendo que los factores que mejor predicen la valencia de este juicio global son el grado de eficacia o desempeño que uno percibe en los distintos dominios de su vida y la opinión que los «otros significativos» tienen sobre uno mismo. Los dos factores aludidos parecen tener un efecto más negativo en la adolescencia, y en especial en sus primeras etapas.

La proliferación de roles y experiencias, que anuncian la entrada en la adolescencia, no suele ir acompañada de un alto desempeño.

  • Inicio de la adolescencia. La autoestima en su conjunto descienda. Igualmente, los primeros cambios físicos pueden aumentar la sensación de alejamiento de los cánones de belleza, especialmente en las chicas, lo que disminuye la autoestima general del adolescente.
  • Adolescencia media. La búsqueda de la identidad hace al adolescente muy vulnerable a la opinión de los demás. Esta circunstancia puede resultar especialmente peligrosa en una etapa en que muchos adultos, algunos con papeles muy significativos en la vida del niño, pueden no haber asumido el carácter lícito de algunos cambios, y en la que la opinión del grupo pesa más que los comentarios cálidos y cercanos de los amigos íntimos.
  • Final de la adolescencia. Es esperable que la experiencia acumulada en los diferentes roles y una menor dependencia de los criterios externos favorezcan una recuperación y estabilización de la autoestima.

Referencias

  • García Madruga, Delval, & Delval, Juan. (2019). Psicologia del desarrollo I (2ª ed. rev. ed., Grado (UNED); 6201201). Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Deja un comentario

diez − 3 =

Ir al contenido