Conceptos y criterios de Psicopatología

Criterio de anormalidadConjunto de normas que designan las propiedades sobre cuya base una persona puede conceptuarse o categorizarse como psicopatológica.
Criterio estadísticoDetermina la anormalidad en base a una desviación de la norma estadística (distribución normal).
Criterio socialEs establecido por la normativa social que determina lo esperable (normal) y lo inadecuado (anormal) de la conducta. Se han referido varios tipos, tales como el consensual y el legal.
Criterio subjetivoEs un criterio propuesto por el propio individuo. Se basa en la conciencia que tiene el sujeto de su situación psicopatológica (sufrimiento, conducta indeseable, etc.).
Criterio biológicoMantiene que la «enfermedad mental» se produce por una alteración del sistema nervioso.

El criterio estadístico

Martin, 1976). La restricción al ámbito de lo infrecuente no siempre conlleva psicopatología. El genio creador es desde luego poco frecuente, pero no es patológico.
Ibáñez (1980). Cuando la psicología y, con ella, la psicopatología decidieron optar por homologarse a las ciencias naturales ya bien entrado el siglo xix y postular leyes que fueran susceptibles de formalización, se recurrió a la cuantificación de los datos psicológicos. Esa cuantificación se produjo fundamentalmente a través de la estadística, ciencia auxiliar de una buena parte de las ciencias naturales.

En psicopatología, la estadística es un criterio definitorio del objeto y adquirió rango de concepto, cuya máxima ejemplificación se encuentra en el denominado criterio estadístico de la psicopatología. La buena acogida que tuvo en nuestro contexto se debe, en parte, a que ya había sido profusamente utilizado en ámbitos psicológicos tan relevantes como el de las teorías constitucionalistas sobre la personalidad o el de las investigaciones pioneras sobre la inteligencia, que dieron paso a toda una tecnología que permitiría más adelante «medir» hechos psicológicos complejos (p. ej., la personalidad, los valores, las normas, los motivos, o las creencias).

El postulado central del criterio estadístico es el de que las variables que definen psicológicamente a una persona poseen una distribución normal en la población general de referencia de esa persona. Consecuentemente, psicopatológico es todo aquello que se desvía de la normalidad, es decir, «algo» (un rasgo de personalidad, una capacidad intelectual, una actividad mental, un comportamiento, una emoción, un afecto, etc.) que resulta poco frecuente, que no entra en los límites de la distribución normal de la población que nos sirve de referencia. Según este criterio, hablamos, de hiperactividad o hipoactividad para catalogar un determinado comportamiento motor alterado, o de baja versus alta inteligencia para designar la capacidad mental y cognitiva de las personas, o de hiper- versus hipoestesia para calificar la capacidad y sensibilidad sensoriales, o de baja versus alta estabilidad emocional (neuroticismo vs. estabilidad), por poner algunos ejemplos conocidos.

Además de los prefijos «hiper» o «hipo», se utilice el defectivo «a-», cuando la psicopatología se rige por un criterio estadístico, se suele emplear el término anormalidad como análogo o sinónimo al de psicopatología, lo que significa que una conducta, rasgo, actividad, o característica, es muy poco frecuente y, por tanto, poco representativa del grupo social normativo de referencia, además de ser cuantitativamente distinta de lo que se considera normal.

Los criterios sociales e interpersonales

Lo que, en un contexto cultural, social, o histórico, es normal, se torna patológico en otros; y, a la inversa, no lo es menos que en todas las culturas y épocas es posible detectar ciertas normas que definen lo que es psicológicamente normal. Otra cuestión diferente es la de que nuestra cultura occidental sea una de las que, históricamente, más se ha ocupado en establecer normas de ese estilo que, en muchos casos, implican juicios de valor peyorativos que tanto han criticado, y con razón, los teóricos del rotulado social, cuando afirmaban que diagnosticar implicaba poner una etiqueta a lo que simplemente era un problema o un modo de vivir, pero que marcaba «a hierro y fuego», y para siempre, a su destinatario añadiendo con ello un problema más al del sufrimiento o el malestar que la persona pudiera estar experimentando: el problema del estigma social asociado a la etiqueta de «enfermo mental». De hecho, la lucha contra el estigma asociado a las enfermedades y trastornos mentales es una de las prioridades de la Organización Mundial de la Salud.

La adaptación a los modos de comportamiento esperables, habituales y sancionados como correctos por el grupo social al que una persona pertenece, se ha esgrimido también como un criterio para la presencia o ausencia de psicopatologías y por ello se encuentra en la base del criterio «legal» de normalidad mental versus psicopatología En la medida que una persona se comporte, piense o sienta como lo hacen sus congéneres, o como estos esperan que lo haga, será catalogada como normal. Si, por ejemplo, ante la muerte de un ser querido, tenemos una reacción emocional de euforia y alegría incontenibles, seremos catalogados como de anormales o patológicos… ¡como mínimo!.

Conseguir restaurar la capacidad de adaptación social suele ser objetivo fundamental de muchas estrategias y técnicas de tratamiento e intervención psicológicas. Pero no siempre es fácil determinar en qué consiste la adaptación social. Y, lo que es más importante: suponer que adaptación es sinónimo de salud mental puede llevarnos a cometer graves errores. Por ejemplo, para un joven que vive en un barrio marginal o desestructurado de una gran ciudad, puede ser muy adaptativo socialmente asumir la violencia y la agresión como forma de comportamiento habitual, ya que ello le permite no solo integrarse en un grupo social importante en su contexto, sino también hace que se comporte de acuerdo con el estereotipo que se asigna a su rol y estatus («joven-marginal-urbano»).

En definitiva, la definición de qué significa adaptación social, presenta casi tantos problemas como la de psicopatología y, lo que es más importante, no puede erigirse en el criterio por excelencia para la delimitación de lo psicopatológico ni de lo normal. Es preciso examinar muy a fondo el contexto social, así como el tipo de contingencias ambientales que modulan el comportamiento y la actividad mentales si queremos llegar a comprender la génesis y/o el mantenimiento de muchos comportamientos y experiencias mentales perturbadas.

Los criterios subjetivos o intrapsíquicos

Schneíder (1959). Propone el criterio alguedónico. Hace referencia al sufrimiento personal, propio o ajeno, como elemento definitorio de la presencia de una psicopatología.
Maher (1976). De un orden diferente son los criterios subjetivos, intrapsíquicos, o personales, según los cuales es el propio individuo el que dictamina sobre su estado o situación, lo que se suele traducir en quejas y manifestaciones verbales o comportamentales: quejas sobre la propia infelicidad o disgusto, sobre la incapacidad para afrontar un problema o buscar una solución razonable, retraimiento social, comportamientos poco eficaces y/o incapacitantes, contacto deficiente con la realidad, malestar físico e, incluso, búsqueda de ayuda especializada.

En términos generales los criterios subjetivos aluden a dos aspectos nucleares de la clínica: la conciencia de enfermedad y la egodistonía. La primera fluctúa desde su práctica ausencia hasta un grado máximo, constituyendo así uno de los aspectos cruciales para establecer un diagnóstico y su gravedad: en el caso del diagnóstico, porque si la persona no expresa de algún modo su malestar, el proceso diagnóstico puede llegar a ser imposible a no ser que se detecten consecuencias observables del trastorno en diversos ámbitos de su vida; en cuanto a la gravedad, su nivel dependerá de cuáles sean las consecuencias del problema, incluyendo tanto las que pueda detectar un observador externo como las que manifiesta el propio afectado. Algo similar sucede con la egodistonía, cuanto más egodistónico es un trastorno, es muy probable que mayor sea la consciencia de este. Por el contrario, una menor egodistonía (o una mayor egosintonía) se asocia con una menor consciencia de trastorno.

Como sucede con todos los criterios, tienen limitaciones. La principal reside, precisamente, en su carácter dimensional y fluctuante. Las personas con psicopatologías no siempre son conscientes de sus problemas e incapacidades y, a lo largo de la evolución de un trastorno, su consciencia del problema y la egodistonía con respecto al mismo varían: por ejemplo, en muchos cuadros demenciales, o en determinadas fases de un trastorno psicótico, o en algunos estados disociativos, en algunos trastornos de la conducta alimentaria, o en buena parte de los trastornos de la personalidad, entre otros muchos casos, la persona está lejos de ser consciente de su problema e, incluso, de que tiene un problema. Un problema adicional es el de que no todas las personas que manifiestan quejas de infelicidad o angustia personal, que tienen problemas para entablar y/o mantener relaciones sociales, que se comportan de un modo poco eficaz o que son poco realistas, presentan una psicopatología diagnosticable, aun cuando recurran a un especialista en salud mental. Lo mismo sucede con las personas que acuden al médico: el hecho de ir al médico no significa necesariamente que se tenga una enfermedad o que se requiera tratamiento. El criterio
subjetivo o personal no tiene tampoco en cuenta los efectos que un comportamiento anormal produce en el contexto social inmediato de la persona que lo exhibe (mientras que sí lo haría el alguedónico). Y ninguno de los dos permite distinguir entre, por ejemplo, psicopatologías y reacciones normales de adaptación al estrés. Este tipo de criterios resulta insuficiente tanto al nivel explicativo como a la hora de analizar sus consecuencias.

Los criterios biológicos

Belloch y Olabarría (1993). El modelo bio-psico-social, que es el adoptado por la mayoría de los científicos de la salud para la explicación de la naturaleza humana y sus alteraciones y enfermedades, mentales o médicas, significa el reconocimiento de esa complementariedad necesaria e inevitable.
Borsboom (2017; Borsboom y Cramer (2013). Un aspecto nuclear de esos modelos es la idea de que los síntomas de cualquier trastorno o enfermedad están conectados entre sí de forma causal a través de una amplia variedad de mecanismos biológicos, psicológicos y sociales. Si esas relaciones causales son lo suficientemente potentes y estables, los síntomas pueden provocar a su vez un alto grado de retroalimentación que los hace autónomos.

La variedad de este grupo de criterios es muy amplia, puesto que son muchas y muy diferentes las disciplinas que se encuadran en las perspectivas biologistas o fisicalistas de la psicopatología: genética, neurología, bioquímica, inmunología, fisiología, etc. Todas estas disciplinas mantienen un mismo supuesto básico: el de que las diferentes psicopatologías son, fundamentalmente, la expresión de alteraciones y/o disfunciones en el modo normal de funcionamiento, bien de las estructuras, bien de los procesos biológicos, en los que se sustentan. Esas alteraciones pueden estar causadas a su vez por la acción de agentes patógenos externos (y entonces se califican con el prefijo dis-), o por carencia de determinados elementos constituyentes (y entonces se aplica el prefijo a-), o por una ruptura en el equilibrio normal de los diferentes procesos, elementos, o estructuras involucradas (en este caso, se suelen aplicar los prefijos hiper- o hipo-).

Las personas somos, además de organismos biológicamente determinados, individuos sociales, con una historia personal de aprendizajes, de memorias y de modos de conocimiento del mundo, que no son meros epifenómenos de nuestra condición de organismo, ni son tampoco explicables recurriendo única y exclusivamente a esa condición. Un delirio o una alucinación pueden estar ocasionados por factores biológicos (desde una intoxicación alcohólica, hasta un deterioro cerebral, pasando por otras muchas posibilidades), pero no todas las personas que tienen esos síntomas los padecen con la misma intensidad ni manifiestan el mismo grado de deterioro en su funcionamiento social y personal.

Criterios de psicopatología: conclusiones

Cattell (1970; Eysenck (1970; Mahoney (1980). Los elementos que definen un comportamiento o una actividad mental como psicopatológica no difieren de los que definen la normalidad más que en términos de grado, extensión y repercusiones, lo que significa que es más correcto adoptar criterios dimensionales que categoriales o discontinuos para caracterizar a las diversas psicopatologías.
Belloch e Ibáñez (1992). Parámetros tales como autonomía funcional, percepción correcta de la realidad., adaptación eficaz y respuesta competente a las demandas del entorno, relaciones interpersonales adecuadas, percepción de auto-eficacia, buen auto-concepto, estrategias adecuadas para afrontar el estrés y para desarrollarse intelectual, social y emocionalmente, etc., constituyen parámetros en los que debemos fijarnos cuando de lo que se trata es de diagnosticar o calificar el grado de salud mental de una persona.

Todos y cada uno de los criterios que hemos visto son necesarios, pero ninguno es suficiente, por sí mismo, para la psicopatología. Uno de los objetivos de nuestra disciplina consiste, entre otras cosas, en delimitar el peso relativo de cada uno de los criterios aquí comentados a la hora de clasificar, explicar, y/o predecir la aparición de comportamientos y experiencias anormales, actividades mentales anómalas, o enfermedades mentales. La elección en exclusiva de un criterio significa optar por una teoría y un modelo concretos en detrimento de otros.

Postulados o principios generales para caracterizar y catalogar un determinado modo de pensar, actuar o sentir como anormal o psicopatológico:

  1. No hay ningún criterio que, por sí mismo o aisladamente, sea suficiente para definir un comportamiento, un sentimiento o una actividad mentales como desviada, anormal y/o psicopatológica.
  2. Ningún comportamiento, sentimiento, experiencia o actividad mental son por sí mismos psicopatológicos.
  3. La presencia de psicopatologías representa un obstáculo importante para el desarrollo individual de la persona que las mantiene, o para su grupo social más cercano, es decir, no tienen utilidad estratégica, o esta es menor que la conducta contraria.
  4. Las dificultades que tienen las personas con psicopatologías les impiden lograr sus niveles óptimos de desarrollo social, afectivo, intelectual y/o físico. Y esas dificultades no son exclusivamente el resultado de condicionantes socioculturales insuperables para un individuo particular, puesto que en ellas intervienen anomalías y disfunciones en sus actividades, procesos, funciones y/o estructuras, ya sean cognitivas, afectivo/emocionales, sociales, biológicas y/o comportamentales.
  5. Los elementos que definen un comportamiento o una actividad mental como psicopatológica no difieren de los que definen la normalidad más que en términos de grado, extensión y repercusiones, lo que significa que es más correcto adoptar criterios dimensionales que categoriales o discontinuos para caracterizar a las diversas psicopatologías.
  6. La presencia de psicopatologías no conlleva necesariamente ausencia de salud mental. En psicopatología nos encontramos a menudo con anomalías de la actividad mental, tales como los lapsus linguae, o despertarnos antes de que suene el despertador creyendo que ya ha sonado (imagen hipnagógica), o, incluso, con experiencias alucinatorias relacionadas con la ingestión (voluntaria o no) de ciertas sustancias, por no hablar de hechos tan cotidianos como que, en un examen, olvidemos cómo se llamaba ese autor tan importante que desarrolló el concepto de neuroticismo, o no consigamos recordar el nombre de nuestra mejor amiga de la infancia o de qué color estaba pintada la clase del colegio al que fuimos durante años.
  7. Salud no implica simplemente ausencia de enfermedad. Como señalaba la OMS ya en 1946, salud no es solo ausencia de enfermedad sino también presencia de bienestar. En el ámbito de la salud mental, la Federación Mundial para la Salud Mental la definió en 1962 como «un estado que permite el desarrollo óptimo físico, intelectual y afectivo del sujeto en la medida en que no perturbe el desarrollo de sus semejantes».

Los estudios epidemiológicos muestran que no hay grupo o colectividad inmune a padecer trastornos mentales, pero también revelan que hay ciertos grupos humanos en donde el riesgo se incrementa de manera notable: personas pobres, sin techo, desempleadas, con bajo nivel de escolarización, víctimas de violencia, migrantes, refugiados, poblaciones indígenas, personas maltratadas y ancianos abandonados son especialmente vulnerables a experimentar todo tipo de psicopatologías (y enfermedades médicas). Los tres dominios o ámbitos básicos en los que se manifiesta la salud (el mental, el físico y el social), están íntimamente imbricados, en mutua interdependencia. Como consecuencia de ello, resulta evidente que la salud mental es uno de los pilares fundamentales en los que asienta el bienestar de los individuos y las sociedades, a pesar de lo cual suele recibir mucha menor atención de la que se presta a la salud física en nuestras sociedades.

Referencias

  • Belloch, Sandín, Ramos Campos, and Sandín, Bonifacio. Manual De Psicopatología. 3ª edición. Madrid [etc.]: McGraw-Hill Interamericana De España, 2020. Print.

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