EL ANÁLISIS FUNCIONAL EN LA EVALUACIÓN CONDUCTUAL

Schlundt, Johnson y Jarreli (1986). La distinción entre evaluación funcional y análisis funcional es totalmente prescindible pues realmente no añade claridad al proceso. Es obvio que la contrastación de hipótesis necesita de su formulación previa, y ésta de la identificación de datos pertinentes, por tanto, pretender restringir el análisis funcional a la mera contrastación de las hipótesis deja de lado algo que puede considerarse lo más genuino de este proceso: la conceptualización u organización de los datos descriptivos en términos funcionales. Además, el requisito de la manipulación de las variables dejaría fuera otros cuidados procedimientos de validación de las relaciones funcionales hipotetizadas.
Haynes y O’Brien (1990). El análisis funcional proporciona un modelo de formulación de casos clínicos que puede definirse, de forma muy general, como una síntesis de los problemas del paciente y de las variables con las que correlacionan, que hipotéticamente afectan a dichos problemas.
Haynes y O’Brien (1990). El análisis funcional consiste en llevar a cabo un análisis individualizado de las conductas específicas del paciente, en el que se establezcan las variables que determinan la conducta problema y que se pueden controlar para el cambio.
Carr, Levin, McConnachie, Carlson, Kemp y Smith (1994); Carr, Landon y Yarbrough (2000); Cone (1997). Hablan de un proceso de evaluación funcional que puede dividirse en tres fases: a) fase descriptiva, centrada en la identificación de datos sobre variables relevantes al problema, b) fase interpretativa, referida a la formulación de hipótesis sobre las relaciones causales entre variables identificadas, y c) fase ele verificación, referida al momento en el que se ponen a prueba experimentalmente las hipótesis formuladas en la fase anterior.

La integración de los datos de la evaluación conductual es importante en cualquier juicio clínico, y especialmente en la formulación del caso, pues la formulación del caso integra en un modelo las medidas pre-intervención, los juicios clínicos derivados de ellas y el diseño de un programa de intervención a partir de ambos. El análisis funcional proporciona un modelo de formulación de casos clínicos que puede definirse, de forma muy general, como una síntesis de los problemas del paciente y de las variables con las que correlacionan, que hipotéticamente afectan a dichos problemas (Haynes y O’Brien, 1990).

El análisis funcional es el elemento cardinal de la evaluación conductual, pues este proceso tiene implicaciones sobre cualquier elemento de la EC. El término análisis funcional fue acuñado por Skinner para referirse a las demostraciones empíricas de las relaciones causa-efecto identificadas entre el contexto y la conducta. Posteriormente el uso del término se ha ampliado, dando cabida a otras variables, procedimientos y operaciones.

El término funcional puede ser usado de dos formas:

  • Referida al efecto que una conducta tiene sobre el medio, dicho de otra forma, al propósito o función del comportamiento de un individuo sobre su entorno (e.g. la función de los gritos de un niño de tres años puede ser el atraer la atención de sus padres).
  • Referida a la relación de contingencia que se establece entre dos variables (generalmente entre acontecimientos ambientales y una clase de conductas), donde una cambia en función de la presencia o ausencia de la otra (e.g. las ventas de un dependiente aumentan cuando está presente el dueño de la tienda, y descienden cuando éste se ausenta).

Desde el punto de vista terminológico hay quienes distinguen entre evaluación funcional (proceso de recogida de información para la formulación de hipótesis) y análisis funcional (proceso de contrastación de dichas hipótesis). Otros autores hablan de un proceso de evaluación funcional que puede dividirse
en tres fases:

  • Fase descriptiva, identificación de datos sobre las variables relevantes al problema.
  • Fase interpretativa, referida a la formulación de hipótesis sobre las relaciones causales entre variables identificadas.
  • Fase de verificación, referida al momento en el que se ponen a prueba experimentalmente las hipótesis formuladas en la fase anterior. Esta última fase es la que se consideran como análisis funcional en sentido estricto, es decir, exclusivamente el momento en el que hay una manipulación sistemática de los factores potencial mente causales del problema, aunque esta fase subsume las demás.

La contrastación de hipótesis necesita de formulación previa y ésta de identificación de datos, y con ello la conceptualización u organización de los datos descriptivos en términos funcionales.Las fases de formulación de hipótesis y de verificación se pueden considerar como las propias del análisis funcional, mientras que la etapa de descripción o identificación de datos relevantes sería una fase inicial del proceso, más general y comprensivo, que es la evaluación conductual. Por tanto se puede definir el análisis funcional como conjunto de métodos que organizan la información recogida en hipótesis sobre los antecedentes, conductas problema y consecuencias, considerando otras variables que pueden afectar a este esquema básico, con el objetivo de terminar la razón (función) de la conducta.

Las hipótesis funcionales que se generen durante esta fase deben cumplir tres criterios (Kern y Dunlap, 1999):

  • Estar basadas en la información que se ha obtenido previamente en la fase de recogida de datos de la evaluación conductual.
  • Especificar variables que sean medibles, contrastables y manipulables.
  • Que el paciente, y las personas implicadas (e.g. padres de un adolescente) estén de acuerdo en que el modelo que configuran dichas hipótesis represente una síntesis razonable y verosímil de la información obtenida en la evaluación previa.

Procedimiento del análisis funcional

Carr, Landon y Yarbrough (2000). Para los autores más ortodoxos el análisis funcional descriptivo y no el análisis funcional indirecto es el auténtico análisis funcional, pues es el único que implica la manipulación directa del entorno.
Hayes (2004). En los últimos años, además, el análisis funcional está incorporando los principios del contextualismo funcional, que sustenta las llamadas terapias de tercera generación. Esta forma de entender las relaciones difiere sustancialmente de las perspectivas anteriores (positivistas y cognitivistas), pero puede ser subsumida por el modelo de análisis funcional. Se trata de identificar de qué forma las respuestas cognitivas, emocionales o motoras ocurren en relación con el entorno interno y externo y obtienen su significado a partir del contexto histórico y circunstancias internas y externas del momento.

El análisis funcional pretende aportar hipótesis acerca de las causas del comportamiento de un individuo y busca identificar las necesidades particulares que cubre un individuo a través de un determinado.P. ej., dentro del contexto de los trastornos graves del desarrollo, no se trataría sólo de identificar qué causa la auto-agresión, o los movimientos estereotipados, sino cuál es propósito de esas conductas, es decir, ¿para qué le sirven al individuo en su vida?. El análisis funcional permite aprender sobre las personas, sus problemas y necesidades, y nos facilita las claves para el diseño del plan de intervención.

El análisis funcional puede clasificarse en función del tipo de estrategia de obtención de datos que utilice:

  • Análisis funcional indirecto. Se realiza a partir de los resultados de cuestionarios, entrevista,… y no directamente con la observación. (p. ej., caso de depresión).
  • Análisis funcional descriptivo. Implica la observación y manipulación directa de la conducta por parte del evaluador conductual en el medio natural en el que produce o en medios análogos,usando hojas de registro observacional sistematizadas.

Cada una de estas formas de análisis funcional tendrá mayor sentido en ciertos casos. P. ej., el análisis funcional descriptivo será más útil cuando el objetivo es evaluar las interacciones entre los miembros de la familia, o la conducta disruptiva de un adolescente en clase, mientras que el indirecto será más adecuado en la exploración de un caso de depresión o de trastorno de pánico.

hojas-de-registro-observacional

Pasos a seguir en la elaboración de un modelo funcional de la conducta:

  1. Definición de la conducta objetivo: ¿qué pasa?
  2. Identificación de los antecedentes de la conducta objetivo: ¿Qué pasa antes?
  3. Identificación de variables organísmicas o moduladoras: ¿qué estados presenta el sujeto que pueden afectar? , p. ej., consumo de drogas, problemas psicológicos, etc.
  4. Identificación de las consecuencias y función de la conducta objetivo: ¿qué pasa después? ¿qué se obtiene?

Es esencial definir clara y precisa, la conducta objeto de análisis donde se incluya definición en
términos específicos con ejemplos para que la subjetividad sea mínima. Ejemplos de definiciones
operativizadas:

  • “Me siento mal”: tiene sentimientos de tristeza y desesperanza,llora, piensa que no merece la pena vivir, tiene sensación de ahogo y nerviosismo, taquicardia, tensión en la frente y temblores en piernas y manos.
  • “Mi hijo se porta mal”: nunca obedece, no recoge sus juguetes al final del día, llora y grita en el supermercado si no obtiene lo que pide.
  • “Tengo problemas ene mi relación de pareja”: discute todos los días, o la mayor parte, sobre tópicos como las finanzas o la educación de los hijos, el tono de voz es elevado, grita y su pareja también, hay insultos y amenazas de divorcio.
  • “El niño no para en la clase”: se levanta del pupitre y camina hacia la mesa de otros compañeros, coge cosas sin permiso, se mueve en el asiento durane la clase, habla al compañero, le da codazos, interrumpe con preguntas y comentarios graciosos las explicaciones, y tira pelotitas de papel al aire.

Es importante que todo el mundo tenga claro qué hay que evaluar. La definición precisa de la conducta permite incrementar el acuerdo inter-evaluadores y la fiabilidad y validez de la información obtenida. Facilita el trabajo cuando un paciente es remitido a otro servicio asistencial o cambia el personal que le atiende. Es útil igualmente para la detección de signos tempranos de su ocurrencia. Estos signos son señal física o conductual que tiende a aparecer antes de la conducta-problema. Es importante preguntarse por las variables que parecen controlar la aparición de la conducta y cuáles controlan su no ocurrencia.

Las estrategias para detectar relaciones causales son diversas. Haynes y O’Brien (2000) proponen como más significativas las siguientes:

  • Marcadores causales. Son variables con alta correlación funcional pero no son causales (p. ej., una respuesta fisiológica asociada a un estresor breve). La detección de este tipo de respuestas puede facilitar la formación de hipótesis sobre las variables que controlan el problema.
  • Manipulación en contextos análogos controlados. La manipulación de las posibles variables causales y la observación de sus efectos en un contexto análogo controlado (diseño ABAB), permite descartar la intervención de otras fuentes de varianza no relevantes. Aporta información sobre el efecto pero puede ser mucho más difícil identificar en un contexto natural debido a la presencia de variables extrañas. P. ej., puede comprobarse el efecto del reforzamiento social sobre la actividad física en pacientes de dolor crónico sometiéndoles en el gimnasio del hospital a una secuencia de ejercicio en bicicleta estática, introduciendo y eliminando el reforzamiento social cada cierto intervalo de tiempo, para ver sus efectos sobre el número de pedaleos sobre la bici.
  • Análisis de series temporales. El análisis multivariado de series temporales permite el examen de la secuencia de cambio y relacionarla con eventos supuestamente causales. Las conductas problema y las variables causales hipotetizadas se miden concurrentemente y frecuentemente a lo largo del tiempo para poder estimar la covariación entre diversas medidas. Es una estrategia muy potente que permite utilizar información procedentes de muchas fuentes. P. ej., Hazelett y Haynes (1992) midieron en una muestra de pacientes con fibromialgia estresores cotidianos, calidad del sueño y dolor percibido a lo largo de un periodo entre 40 y 80 días, analizando después los datos mediante series temporales.
  • Obtención de medidas a lo largo de contextos e informantes. Las relaciones de causalidad tienen una naturaleza condicional y limitada al contexto. La medida de las supuestas relaciones en diferentes entornos y condiciones permitirá el ir revelando qué se relaciona con qué y con qué intensidad.
  • Información o sugerencias del propio individuo acerca de las causas de su conducta. Es normal que la persona con problemas tenga ya algunas hipótesis acerca de la causa. No obstante, el déficit de fiabilidad y validez suele ser alto en la información subjetiva, así como sobrevalorar o infravalorar la importancia de factores organísmicos o disposicionales, fallos al recordar,… Auto-informes en tiempo real evitan el sesgo asociado a los auto-informes retrospectivos.
  • Modelos funcionales de diferentes trastornos. La investigación nomotética clínica proporciona modelos de conducta que pueden servir de guía para el establecimiento de hipótesis funcionales:
    • el modelo cognitivo de Beck para la depresión (Beck, Rush, Shaw y Emery, 1979).
    • el modelo cognitivo de Clark para el trastorno de angustia (Clark, 1986).
    • el trastorno de estrés postraumático (Ehlers y Clark, 2000) Estos modelos permiten orientar la recogida de información y su organización, pues ofrecen propuestas concretas de la relación que se establece entre las conducta problema y las variables de control que contemplan estos modelos.

En el contexto clínico es habitual el establecimiento de las relaciones causales a partir de la información aportada por el propio paciente y los modelos funcionales aportados por la investigación. Será de personas allegadas, cuando se trate de niños. En instituciones es viable la observación directa y manipulación del contexto. La idea esencial del análisis funcional es que la conducta tiene un propósito (Skinner,1974) y el propósito final del análisis funcional es comprender la función de la conducta problema. En general, la conducta no es maladaptada o desadaptada. Una conducta maladaptada sería aquella que no provee ninguna ventaja al individuo que la exhibe. No obstante, la realidad es otra, y es que la conducta problema suele tener consecuencias que resultan en claros beneficios para quien la emite. Entre los más frecuentes en el contexto clínico se encuentran:

  • La atención social: La atención de los demás es uno de los reforzadores más potentes que existen en el ser humano. Diversos factores (déficit intelectual, de habilidades sociales, modelos de conducta inadecuados, patrón de aprendizaje disfuncional, etc.) impiden que algunas personas puedan obtener atención de una forma adaptativa y aceptable.
  • Tangibles: El deseo de poseer determinadas cosas impulsa muchos comportamientos desadaptados. El que provee suele escapar del malestar cediendo a la presión ejercida por el emisor de la conducta problema (niño que llora en el supermercado para conseguir chuches).
  • Escape o evitación: Emisión de conductas desadaptadas para conseguir escapar de situaciones de malestar externas o internas, frecuentes éstas en el contexto clínico. El escape de los demás puede ser la motivación para muchas disfunciones. En los trastornos de ansiedad, el escape de la sensación de malestar que implica la ansiedad que se genera en determinadas situaciones es la función de la mayor parte de las conductas desadaptadas presentes al trastorno. Ante conductas autolesivas no dirigidas al suicidio pueden estar dirigidas a escapar de estimulación externa o interna desbordante.
  • Estimulación sensorial: A veces lo que ocurre alrededor de un individuo no es interesante y éste busca una estimulación sensorial para compensar el déficit externo. En los trastornos del desarrollo muchas esteriotipias suelen tener esta función. Tocarse el pelo repetidamente, morderse las uñas, … pueden ser muy estimulantes sensorialmente para quien las emite. En las conductas auto-lesivas no dirigidas al suicidio sería la de provocar sensación intensa para contrarrestar la sensación de irrealidad que experimentan algunos pacientes.

La función de la conducta tiene implicaciones directas sobre el tratamiento. La intervención sobre los antecedentes de la conducta-problema, eliminando o modificando alguno de sus parámetros, implicaría la modificación de dicha conducta siendo esto lo esperado, por tanto, la intervención deberá procurar estrategias que permitan al individuo el cubrir las necesidades que eran atendidas con la conducta problema. Se puede tener dos casos con la misma conducta y los mismos antecedentes y su función diferir sustancialemente. Por tanto, también diferirán las intervenciones que se diseñen en ambos casos. Es importante insistir en que cualquier estrategia que se introduzca en un programa de tratamiento debe estar apoyada por los resultados del análisis funcional.

La evaluación de variables moduladoras de las relaciones funcionales no se ajustan a un criterio
todo-nada, sino que su fuerza o intensidad varían en función de los contextos y de variables organísmicas. En los últimos años, el análisis funcional incorpora principios del contextualismo funcional (terapias de tercera generación) Tratan de identificar de qué forma las respuestas cognitivas, emocionales o motoras ocurren en relación con el entorno interno y externo y obtienen su significado a partir del contexto histórico y circunstancias internas y externas del momento.

Los defensores del análisis más ortodoxos reclaman la contrastación empírica de las hipótesis generadas como parte final del proceso y de forma previa al diseño de la intervención. Sin embargo, la contrastación empírica del modelo generado por el análisis funcional se realizará con la puesta en marcha del programa de intervención. La manipulación de las variables señaladas como elementos que controlan el comportamiento, llevará a la consecución de resultados que avalen las hipótesis funcionales y causales, o las refutarán, reformulando e identificando qué variables o interacciónes relevantes habían sido obviadas.

Limitaciones del análisis funcional

Hayes y Nelson (1986). Otro de los escollos que enfrenta el análisis funcional es su justificación como estrategia o directriz de elección del tratamiento. En última instancia, la adecuación de un análisis funcional vendría dada por los efectos del tratamiento. No obstante, este criterio puede ser insuficiente, especialmente si se tiene en cuenta que cuando se ha comparado la utilidad de tratamientos basados en el análisis funcional con los basados en la clasificación diagnóstica, no se han constatado diferencias significativas.
Francés, Pincus, Widiger, Davis y First (1990). Las clasificaciones diagnósticas tipo DSM o CIE han supuesto una alternativa de solución, ya que proporcionan una guía valiosa para comenzar el análisis funcional, mostrando los aspectos relevantes a evaluar en cada caso. Sin embargo, esta opción tampoco está exenta de problemas, ya que tal y como están estructuradas las categorías sindrómicas puede darse el caso de que dos personas reciban el mismo diagnóstico sin compartir ninguna característica.
Godoy (1991). Con frecuencia, el análisis funcional se ha elaborado de forma bastante rigurosa cuando lo que se pretende es la eliminación de conductas problema, sin embargo, cuando se trata de la creación de nuevas conductas el análisis funcional se ha realizado de forma menos esmerada.
Hayes y Follette (1992, 1993). Concluyeron que el análisis funcional no se ha desarrollado porque no incluye principios claros para aplicarlo a cada caso concreto, es decir, porque no sería replicable, lo que dificulta considerablemente su estudio científico, tan característico del enfoque conductual. Por ello instan al desarrollo de sistemas que permitan la replicación del análisis funcional sin perder el carácter único del caso concreto.
Cone (1997). Lo cierto es que actualmente los métodos utilizados en un análisis funcional para obtener información no suelen ser muy distintos de los utilizados en la evaluación psicológica general (entrevistas, auto-informes, cuestionarios), estando muchos de ellos sujetos a problemas de precisión, validez y fiabilidad; de forma similar, los procedimientos que pueden considerarse genuinos del análisis funcional (observación directa, auto-observación, acuerdo inter-observador) no están tampoco exentos de problemas psicométricos que pueden menoscabar la propiedad de la información que ofrecen.
Groth-Marnat (2009); Hersen (2006). Las dificultades señaladas no implican ninguna amenaza al análisis funcional, al margen de ellas, el análisis funcional sigue en plena vigencia en el ámbito clínico y desarrollándose y generando trabajos y revisiones que muestran su presencia y utilidad.
Haynes y O’Brien (1990); O’Brien y Carhart (2011). Respecto a la recogida de información relevante, la evaluación conductual ha realizado pocas aproximaciones sistemáticas, no habiendo especificado los aspectos concretos a evaluar.

Algunos problemas que restringen el uso del análisis funcional tienen que ver con el proceso de evaluación conductual en que el análisis funcional se encuentra inmerso y del cual depende. Así, respecto a la recogida de información relevante, la evaluación conductual ha realizado pocas aproximaciones sistemáticas, no habiendo especificado los aspectos concretos a evaluar. El cómo y con qué se obtienen los datos es una cuestión importante pues la información obtenida será tan precisa, válida y fiable como lo sea el método que la produzca. Los métodos suelen ser similares a los utilizados en la evaluación psicológica general, estando muchos de ellos sujetos a problemas de precisión, validez y fiabilidad, y los procedimientos genuinos del análisis funcional no están exentos de los mismos problemas psicométricos.

Las clasificaciones diagnósticas tipo DSM o CIE han supuesto alternativa ya que proporcionan una guía valiosa para comenzar el análisis funcional, mostrando aspectos relevantes a evaluar en cada caso. Sin embargo, puede darse el caso de que dos personas reciban el mismo diagnóstico sin compartir ninguna característica. Pueden llegar a evaluar sólo los datos que corroboran un determinado diagnóstico, dejando de lado otros aspectos a considerar. En fases posteriores del proceso, la gran cantidad de información obtenida debe comenzar a escogerse, y tampoco para esta selección existen criterios establecidos.

Otro de los límites que enfrenta el análisis funcional es su justificación como estrategia de elección del tratamiento. Lo adecuado de un análisis funcional vendría dado por los efectos del tratamiento, pero este criterio puede ser insuficiente, especialmente porque al compararse la utilidad de tratamientos basados en el análisis funcional con los basados en la clasificación diagnóstica, no se han constatado diferencias significativas. Hayes y Follete concluyeron que el análisis funcional no se ha desarrollado porque no incluye principios claros para aplicarlo a cada caso concreto. Por ello instan al desarrollo de sistemas que permitan la replicación del análisis funcional sin perder el carácter único del caso concreto: algunas tentativas son el método analítico de Hayes y Follete (1992,1993) o los marcadores causales de Haynes y O ?brien (1998), siendo frecuente recurrir a las clasificaciones diagnósticas para conseguir algunos de estos objetivos.

Referencias

  • Díaz García, et al. Manual De Técnicas y Terapias Cognitivo Conductuales. Desclée De Brouwer : Universidad Nacional De Educación a Distancia, 2017.
  • Apuntes M. Goretti González

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