El estrés

VERSIÓN 1.0

¿ Qué es el estrés?

Hans Selye (1983). Hoy día todo el mundo parece hablar del estrés. Usted puede oírlo no solo en las conversaciones diarias, sino también a través de la televisión, la radio, los diarios, y el elevado número de conferencias, centros de estrés y cursos universitarios dedicados a este tópico. Todavía muy poca gente define el concepto con el mismo sentido o se preocupa de intentar una clara definición. La palabra estrés, como éxito, fracaso o felicidad, significa cosas distintas para diferentes personas. ¿Es el estrés esfuerzo, fatiga, dolor, miedo, necesidad de concentración, humillación por censura, pérdida de sangre, o incluso un suceso inesperado que requiere una completa reestructuración de la propia vida? El hombre de negocios piensa de él como si se tratara de una frustración o tensión emocional, el controlador aéreo como un problema de concentración, el bioquímico y el endocrinólogo como un fenómeno puramente químico, el atleta como una tensión muscular.

En cierto sentido, el abuso del término ha contribuido a crear tanta confusión que ha llegado incluso a notarse en los círculos científicos. Para clarificar el problema nada mejor que hacer una pequeña alusión al significado de los primeros usos del término «estrés».

Empieza a emplearse en el Siglo XIV., y se empleaba para referirse a experiencias negativas, tales como adversidades, dificultades, sufrimiento, aflicción, etc. En el Siglo XVII, por influencia de R. Hooke, el concepto de estrés se asocia a fenómenos físicos como presión, fuerza, distorsión, etc. Hooke lo aplicó a estructuras fabricadas por el ser humano (p. ej., puentes) que tienen que aguantar el efecto de fuerzas diversas. A partir de este autor, los físicos e ingenieros empezaron a emplear tres conceptos relacionados basados en las características físicas de los cuerpos sólidos, denominados carga, distorsión y estrés. Desde un punto de vista físico, el estrés ha sido definido como una fuerza interna generada dentro de un cuerpo por la acción de otra fuerza que tiende a distorsionar dicho cuerpo. Los tres conceptos, carga, estrés y distorsión, fueron adoptados por la fisiología, psicología y sociología e influyeron en el desarrollo de las teorías sobre el estrés.

A partir de este marco de referencia general, el concepto de estrés va a aplicarse de forma diferente según el sesgo del científico. Así, mientras que los enfoques fisiológicos y bioquímicos consideran el estrés en términos de respuestas, las orientaciones psicológicas y psicosociales, al poner más énfasis en la situación estimular, han tendido a asumir el estrés como un fenómeno externo, focalizado en el estímulo. Nos encontramos, por tanto, ante dos tipos de perspectivas, las que enfatizan el componente externo (estresor) y las que enfatizan el componente de respuesta fisiológica. Poco después, se propuso un nuevo componente, específicamente, los factores psicológicos o subjetivos («cognitivos») que median entre los agentes estresantes y las respuestas fisiológicas de estrés.

Básicamente el estrés es un fenómeno complejo, que implica al menos a estímulos y respuestas y a procesos psicológicos diversos que median entre ambos.

Orientaciones teóricas sobre el estrés

Teorías basadas en la respuesta

Teoría del estrés de Selye
Cannon (1932). Empleó el término de estrés; para referirse a las reacciones de «lucha-huida», respuestas automáticas que emiten los organismos en defensa de estímulos amenazantes externos o internos (p. ej., pérdida de sangre, excitación, etc.)
Selye (1954, 1960). Definió el estrés como «el estado que se manifiesta por un síndrome específico, consistente en todos los cambios inespecíficos inducidos dentro de un sistema biológico. Así, el estrés tiene su forma y composición características, pero ninguna causa particular».
Selye (1974); Sandín (1989). Cuando se afirma que un individuo sufre de estrés significa que este es excesivo, es decir, implica un sobreesfuerzo del organismo al sobreponerse al nivel de resistencia de este.

Selye redefinió el estrés enfatizando que se trata de respuestas inespecíficas del organismo a las demandas hechas sobre él. En algunos aspectos, asume que cada demanda hecha sobre el organismo es única, es decir, específica. El calor, el frío, las drogas, el ejercicio muscular, etc., desencadenan respuestas altamente específicas; por ejemplo, el calor sudoración, el ejercicio produce activación muscular y cardíaca. Todos estos agentes poseen una cosa en común: incrementan la demanda de ajuste del organismo. Según esta teoría, cualquier estímulo puede ser estresor siempre que provoque en el organismo la respuesta inespecífica de necesidad de reajuste o estrés.

figura 12.1
Patrón de respuesta del estrés. Se trata de una «respuesta estereotipada», que implica una activación del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal (con activación de corticoides) y del sistema nervioso autónomo. Vías principales que median la respuesta del organismo al estresor. CRF = corticotropin releasing factor [factor liberador de ACTH]; ACTH = adrenocorticotropic hormone [hormona adrenocorticotropa]; SNA =sistema nervioso autónomo. Tomado de Selye [1974].

La teoría de Selye tiene la ventaja de ofrecer una definición operativa del estrés basada en la acción de dos tipos de fenómenos objetivables:

  • El estresor. Un estresor es cualquier demanda que evoca el patrón de respuesta de estrés referido, no es únicamente un estímulo físico, el estresor puede ser psicológico, cognitivo o emocional.
  • La respuesta de estrés. La respuesta de estrés está constituida por un mecanismo tripartito que denomina síndrome general de adaptación (SGA). El SGA es la consideración de la respuesta de estrés mantenida en el tiempo. Cuando esta persiste se produce un síndrome estereotipado, caracterizado primariamente por hiperplasia suprarrenal, atrofia en el timo y ganglios linfáticos, y signos de úlcera de estómago, junto con otros cambios orgánicos que se producen paralelamente. El desarrollo completo del síndrome incluye tres etapas : reacción de alarma, etapa de resistencia y etapa de agotamiento.
figura 12.2
Representación esquemática de las tres fases del síndrome general de adaptación. RA = reacción de alarma; ER =etapa de resistencia; EA= etapa de agotamiento. Tomado de Selye (1960).
Reacción de alarma

Se sugiere el término «reacción de alarma» para la respuesta inicial del organismo porque el síndrome probablemente representa una llamada general a las fuerzas defensivas del organismo. Esta etapa tiene dos fases:

  • Fase de choque. Constituye la reacción inicial e inmediata al agente nocivo. Son síntomas típicos de esta fase la taquicardia, la pérdida del tono muscular y la disminución de la temperatura y la presión sanguínea.
  • Fase de contrachoque. Es una reacción de rebote (defensa contra el choque) caracterizada por la movilización de una fase defensiva, durante la cual se produce, en general, signos opuestos a los de la fase de choque, es decir, hipertensión, hiperglucemia, diuresis, hipertermia, etc.
Etapa de resistencia

En esta etapa se produce adaptación del organismo al estresor junto con la consecuente mejora y desaparición de los síntomas. Se caracteriza por una resistencia aumentada al agente nocivo particular y por una menor resistencia a otros estímulos. Mientras que en la reacción de alarma se observan, en general, fenómenos catabólicos, durante la fase de resistencia se evidencian signos de anabolismo.

Etapa de agotamiento

Si el organismo continúa expuesto al estresor prolongadamente, pierde la adaptación adquirida en la fase anterior entrando en la tercera fase o de agotamiento. El agotamiento llega si el estresor es suficientemente severo y prolongado. Reaparecen los síntomas característicos de la reacción de alarma y puede significar la muerte del organismo.

Crítica al concepto de inespecificidad
Mason (1968). Demostró que la gran sensibilidad que posee el sistema neuroendocrino para responder a los estímulos emocionales permite sugerir que, en lugar de una respuesta inespecífico a las distintas amenazas, lo que existe es una respuesta específica para todos los estímulos emocionales. Según sugiere este autor basándose en sus trabajos sobre respuestas de estrés en primates, la respuesta de estrés podría interpretarse más bien como una respuesta provocada por el factor psicológico que acompaña a todos los agentes que amenazan la homeostasis del individuo.

Una de las hipótesis más controvertidas de la teoría de Selye es su idea de que la respuesta de estrés es inespecífica, ya que puede observarse ante diversos estresores como el frío, el ejercicio físico, el calor o el dolor. Selye asume que todos estos estresores tienen en común que inducen activación.

Sin embargo, Mason demostró la gran sensibilidad que posee el sistema neuroendocrino para responder a los estímulos emocionales, por lo que se puede inferir que, en lugar de una respuesta inespecífico a las distintas amenazas, lo que existe es una respuesta específica para todos los estímulos emocionales. Mason había observado que empleando agentes estresores de laboratorio típicos, como el ayuno, la fatiga, el frío, las hemorragias, etc., resultaba extremadamente difícil aislar el componente psicológico.

Otra línea de evidencia aportada en favor de la importancia de los factores psicológicos, en contraste con los físicos, en los estudios de estrés ha sido sugerida por las investigaciones de Weiss. Este autor utilizó con ratas el paradigma experimental denominado «control uncido» (yoked control). El trabajo de Weiss indica que la respuesta de estrés depende del control (o percepción de control) que el sujeto tiene sobre el estresor, más que de las características físicas de este.

Definición del estrés
Sandín (1989). En condiciones de equilibrio el organismo vive bajo la actividad normal de sus funciones biopsicosociales moduladas por los ritmos de sueño y vigilia. Bajo estas condiciones, el funcionamiento fisiológico y psicológico está sometido a niveles de activación que se consideran normales. Esta activación fluctúa según las vivencias diarias y ordinariamente está asociada a emociones (ira, tristeza, alegría, etc.). El estrés se produce cuando ocurre una alteración en este funcionamiento normal por la acción de algún agente externo o interno. El organismo, en estas circunstancias, reacciona de forma extraordinaria realizando un esfuerzo para contrarrestar el desequilibrio. La respuesta de estrés es extraordinaria, implica esfuerzo y produce una sensación subjetiva de tensión (presión). Esto suele suponer, además, un incremento de la activación o inhibición y, por tanto, un cambio en los estados emocionales.

Básicamente, se asume que el estrés implica dos conceptos, el de estresor y el de respuesta de estrés. El problema de algunos enfoques del estrés centrados en la respuesta ha consistido en entender que esta es únicamente orgánica (las respuestas de estrés implican tanto a los factores fisiológicos y conductuales como a los cognitivos). Lo que sí parece claro es que el estrés implica un proceso de reacción especial (sobreesfuerzo) ante demandas fundamentalmente de naturaleza psicológica.

Estrés, alostasis y carga alostática
McEwen (1998). La alostasis se refiere a cómo el organismo logra mantener la estabilidad (homeostasis) a través de los cambios y ajustes continuados en el tiempo. Implica un conjunto amplio de mecanismos de todo el organismo reclutados para afrontar las demandas ambientales, para adaptarse a los entornos en constante cambio y a los desafíos en los procesos de regulación.
Monroe (2008). La carga alostática se refiere a las consecuencias de la activación mantenida de los sistemas regulatorios primarios (mecanismos neuroendocrinos e inmunológicos) que sirven a la alostasis en el tiempo.

El concepto del estrés es fundamental para entender la vida y la evolución sobre la base de la homeostasis. Todos los seres vivos se enfrentan a amenazas de su homeostasis, que deben afrontar mediante respuestas adaptativas. A nivel de sociedad los estresores pueden consistir en pandemias, pobreza, guerras, terrorismo, o carencia de recursos sanitarios. A nivel de individuo, puede tratarse de abusos laborales, problemas maritales, o problemas con los vecinos. Algunos autores han enfatizado dos conceptos relacionados: la alostasis y la carga alostática.

Los conceptos de alostasis y carga alostática dan soporte a una concepción más integrada y comprensiva de los procesos del estrés, lo cual suele ser útil para explicar por qué la activación de estos sistemas es adaptativa a corto plazo y desadaptativa en periodos de tiempo más prolongados. Estos conceptos proporcionan un marco de referencia necesario para entender cómo los mecanismos de respuestas del estrés están involucrados en las exigencias de demandas inmediatas, como las relacionadas con las respuestas de «lucha-huida», la autorregulación a corto plazo y el ajuste de estos sistemas; así como también en su papel a largo plazo en los procesos de restauración y reparación. La respuesta de estrés, por consiguiente, tiene una finalidad adaptativa y se produce ante los cambios en las exigencias del medio; si se produce de forma continuada, puede dar lugar a diferentes trastornos.

Teorías basadas en el estímulo

Cox (1978). Los modelos focalizados en el estímulo son esencialmente una analogía del modelo de la ingeniería basado en la ley de la elasticidad de Hooke.
Sandín (2008). Los modelos del estrés basados en el estímulo han tenido gran influencia en psicopatología durante las dos últimas décadas. En términos generales, pueden circunscribirse en la perspectiva conocida como enfoque psicosocial del estrés o enfoque de los sucesos vitales.

Las teorías basadas en el estímulo interpretan y entienden el estrés en términos de características asociadas a los estímulos del ambiente, interpretando que estos pueden perturbar o alterar el funcionamiento del organismo.

figura 12.3
Modelos prototípicos del estrés basados en la respuesta (modelo A) y en el estímulo (modelo B). Tomado de Cox (1978).

Un importante problema que se plantea al subsumir esta perspectiva teórica es la delimitación de las situaciones que puedan ser consideradas de estrés o «estresantes». Un inconveniente es que una situación puede ser muy estresante para una persona, pero muy poco a nada para otra.

Teorías basadas en la interacción

Cox y Mackay (Cox, 1978). Creadores del «modelo transaccional del estrés». Se trata de un modelo organizado en varias etapas constitutivas de un sistema general que describe la forma en que actúa el estrés. Los autores entienden el estrés como parte de un sistema cibernético dinámico (mecanismos de feedback). Postulan que el estrés se produce cuando se rompe el balance entre la percepción de la demanda y la percepción de su propia capacidad para hacer frente a la demanda (percepción de la capacidad de afrontamiento). Los autores resaltan que lo realmente importante es la evaluación cognitiva de la potencialidad estresante de la situación y de su habilidad para afrontarla.
Lazarus y Folkman (1984). Definen el estrés como un «conjunto de relaciones particulares entre la persona y la situación, siendo esta valorada por la persona como algo que «grava» o excede sus propios recursos y que pone en peligro su bienestar personal».
Lazarus y Folkman (1984). El estrés es un proceso interaccional, es una relación particular entre la persona y la situación que se produce cuando la persona valora que las demandas gravan o exceden sus recursos de ajuste y hacen que peligre su bienestar.
DeLongis et al. (1988). El estrés en sí mismo no es una variable simple, sino un sistema de procesos interdependientes, incluidos la evaluación y el afrontamiento, que median en la frecuencia, intensidad, duración y tipo de las respuestas psicológicas y somáticas.


Las teorías interactivas o transaccionales tienden a maximizar la relevancia de los factores psicológicos que median entre los estímulos (estresores o estresantes) y las respuestas de estrés. La idea central de la perspectiva interaccional, o mejor aproximación mediacional cognitiva, se focaliza en el concepto cognitivo de evaluación (appraisal). La evaluación es definida por Lazarus como el mediador cognitivo de las reacciones de estrés (elemento mediador de las respuestas personales de estrés a los estímulos relevantes). La evaluación cognitiva es un proceso universal, mediante el cual las personas valoran constantemente la significación de lo que está ocurriendo, relacionado con su bienestar personal. La teoría de Lazarus distingue tres tipos de evaluación:

  • Primaria. Se produce en cada encuentro o transacción con algún tipo de demanda externa o interna. Es el primer mediador psicológico del estrés y puede dar lugar a cuatro modalidades de evaluación:
    • Amenaza. Anticipación de un daño que, aunque aún no se ha producido, su ocurrencia parece inminente
    • Daño-pérdida. Se refiere a un daño psicológico que ya se ha producido (p. ej., una pérdida irreparable).
    • Desafío. Hace referencia a la valoración de una situación que implica a la vez una posible ganancia positiva y una amenaza.
    • Beneficio. Este tipo de valoración no induciría reacciones de estrés.
  • Secundaria. Se refiere a la valoración de los propios recursos para afrontar la situación. La reacción del estrés depende sustancialmente de la forma en que el sujeto valora sus propios recursos de afrontamiento. Los «recursos de afrontamiento» incluyen las propias habilidades de solución de problemas, el apoyo social y los recursos materiales.
  • Reevaluación. Permite que se produzcan correcciones sobre valoraciones previas; por ejemplo, tras ser valorados los recursos de afrontamiento, una demanda puede reevaluarse con mucho menor grado de amenaza.

Un aspecto importante que se infiere de la teoría de Lazarus es que, a partir de las tres primeras formas de evaluación, se pueden deducir tres tipos de estrés (de amenaza, pérdida y desafío). Otra consecuencia tiene que ver con los múltiples factores que pueden intervenir en la evaluación cognitiva, de lo que se deduce que el estrés no es un fenómeno unitario; lo que llevó a Lazarus a descartar definitivamente la idea de que el estrés sea meramente una forma de activación. Lo que diferencia al modelo mediacional cognitivo de Lazarus de otras aproximaciones referidas más atrás es la gran relevancia que se asigna a la evaluación cognitiva. Es el factor determinante de que una situación potencialmente estresante llegue o no a producir estrés en el sujeto. No se trata ni de un modelo situacional ni organísmico, sino relacional; se trata, en último término, de un modelo procesual.

👁️‍🗨️Modelo procesual del estrés

El estrés, no es un concepto simple y estático, implica un conjunto complejo de procesos que funcionan a diferentes niveles y que interaccionan entre sí. El estrés implica ciertos elementos esenciales como la presencia de agentes externos o internos, procesos de evaluación cognitiva, estrategias de afrontamiento, y un complejo de respuestas psicológicas y fisiológicas que suelen definirse como «reacción de estrés», amén de la influencia de variables moduladoras asociadas a elementos de diferencias individuales. El modelo procesual del estrés se estructura sobre la base de las siete etapas:

mod procesual
Modelo procesual del estrés y principales relaciones entre los siete componentes básicos: [1] demandas psicosociales (comúnmente «estrés psicosocial»); [2] evaluación cognitiva; [3] respuesta de estrés; [4] afrontamiento; [5] características personales; [6] características sociales (apoyo social y nivel socioeconómico), y [7] estatus de salud (en línea discontinua se indican relaciones de feedback). Las flechas gruesas indican relaciones de mediación (líneas continuas) y modulación (líneas discontinuas). Tomado de Sandín (2008).

En el modelo se indica también cuándo se dan efectos de mediación y efectos de moderación (o modulación). Por ejemplo, la evaluación cognitiva es una variable que media entre la percepción de un suceso vital y la respuesta de estrés. Para que ocurra la respuesta de estrés es necesario que la evaluación posea ciertas características, tales como evaluar la situación como algo amenazante e incontrolable. Es decir, es un paso necesario para que se produzca el estrés. En cambio, un efecto de moderación se produce cuando, por ejemplo, la evaluación que haga un individuo sobre las características de una amenaza (valencia, controlabilidad, etc.) puede estar moderada (amplificada o reducida) por las características personales (p. ej., nivel de neuroticismo, autoeficacia, etc).

Demandas psicosociales

Cohen et al. (1986); Sandín (1984). El ruido de la ciudad, la congestión del tráfico o la elevada densidad de población se han sugerido como agentes altamente patógenos para la salud somática y psicológica.
Sandín (2008). Un factor importante relacionado con las demandas psicosociales es el estatus socioeconómico (generalmente un estatus socioeconómico bajo suele asociarse a más estresores psicosociales, peor apoyo social y características personales negativas.

Se refiere a los agentes externos causales primariamente del estrés. En principio, esta dimensión podría incluir no solo los factores psicosociales, sino también los agentes ambientales naturales (p. ej., radiación, electricidad atmosférica, frío, calor, viento, humedad, magnetismo, etc.) y artificiales (ruido, contaminación atmosférica, radiaciones, etc). Cuando aludimos al estrés psicosocial nos referimos a los sucesos mayores o sucesos vitales (p. ej., pérdida de trabajo), a los sucesos menores (estrés diario) y al estrés crónico (p. ej., estrés laboral).

Evaluación cognitiva

Se refiere a la valoración cognitiva que efectúa el individuo con respecto a la situación o demanda psicosocial. La evaluación cognitiva suele ser consciente, aunque también puede no serlo, y suele implicar siempre alguna forma de amenaza para el individuo. Estudios acumulados en los últimos años sugieren que al menos existen dos tipos de facetas relacionadas específicamente con la evaluación cognitiva del agente estresor relevantes para el estrés:

  • Por el tipo de amenaza suscitado por la demanda psicosocial:
    • De pérdida (p. ej., por la desaparición de un ser querido).
    • De peligro más menos inminente (p. ej., guerra).
    • De desafío (p. ej., graduarse en la UNED).
  • Por las características de la demanda:
    • La valencia (la demanda puede ser valorada como algo negativo o positivo).
    • La independencia (la demanda puede valorarse como independiente o dependiente de las acciones del individuo).
    • La predecibilidad (la demanda puede ser esperada o puede ocurrir de forma inesperada para el individuo).
    • La controlabilidad (el individuo puede percibir que puede controlar o no la demanda psicosocial).

La evaluación sobre los recursos de afrontamiento se solapa con lo que Lazarus denominó como «evaluación secundaria», y se refiere a la valoración más o menos permanente que hace el individuo sobre su capacidad para hacer frente a la situación estresante, lo cual obviamente puede incluir el grado de amenaza de la situación.

Respuesta de estrés

Sandín (2001). Las respuestas fisiológicas implican sobre todo al sistema neuroendocrino (liberación de catecolaminas y cortisol fundamentalmente) y al sistema nervioso autónomo (activación del simpático e inhibición del parasimpático.

Incluye el complejo de respuestas fisiológicas, tales como las neuroendocrinas y las asociadas al sistema nervioso autónomo. A esta tercera fase incorporamos también las respuestas psicológicas que contribuyen a constituir la «respuesta de estrés», tales como las respuestas emocionales. Existen también componentes cognitivos y motores, muchas veces difíciles de separar de los emocionales. Las respuestas psicológicas relacionadas con el estrés son fundamentalmente de tipo emocional, y particularmente suelen tratarse de respuestas de ansiedad y/o depresión.

Afrontamiento

Sandín (2008). El afrontamiento, al igual que la evaluación cognitiva, es una variable mediadora de la respuesta de estrés (las variables mediadoras intervienen por sí mismas activando o reduciendo las respuestas de estrés, es decir, median los efectos de los estresores sobre las respuestas; las variables moderadoras o moduladoras actúan sobre las variables mediadoras, moderando (modulando) dichas respuestas.
Sandín (2003, 2008). El afrontamiento constituye el elemento esencial que emplea el individuo para hacer frente al estrés, pudiendo dirigir su acción tanto a los estresores (tratando de eliminarlos o reducir su nivel de amenaza) como a sus propias respuestas fisiológicas, psicológicas o sociales.

Se refiere a los esfuerzos conductuales y cognitivos que emplea el sujeto para hacer frente a las demandas estresantes, así como también para suprimir el estado emocional del estrés. Es la última etapa del proceso del estrés propiamente dicho. Estas cuatro fases, no obstante, interaccionan constantemente en un proceso dinámico. Una descripción de las diferentes formas de afrontamiento que suele utilizar la gente para hacer frente al estrés se encuentra en el Cuestionario de Afrontamiento del Estrés de Sandín y Chorot (2003).

Características personales

Sandín (2003). Las personas no solo pueden percibir de forma diferente las amenazas de las situaciones estresantes, sino que también pueden emplear diferentes habilidades, capacidades y recursos, tanto personales como sociales (familia, amigos, etc.), para hacer frente a las condiciones potencialmente estresantes.
Sandín (2003). Las características personales pueden determinar en gran medida la evaluación que el individuo haga de la demanda psicosocial, pero también influyen en las estrategias de afrontamiento (existen disposiciones personales para responder al estrés más con unas estrategias que con otras), razón por la cual dichas características constituyen en todos los sentidos los principales recursos personales del afrontamiento ante el estrés.
Becoña (2006). Se han señalado en la literatura científica diferentes formas de recursos individuales de afrontamiento, tales como el locus de control, la percepción de control, la autoeficacia, la autoestima, el sentido del optimismo, la resiliencia, etc.

Incluyen todo un conjunto de variables que pueden influir sobre las cuatro etapas anteriores. Pertenecen a este nivel variables como los tipos de personalidad, los factores hereditarios en general, el sexo, la raza, etc. Son variables relativamente estables en el individuo, y que diferencian a unos individuos de otros.

Estatus de salud

Más que de una fase del proceso del estrés, se trata de un resultado del mismo. Este estado de salud, tanto psicológico como somático, depende del funcionamiento de las fases anteriores. Un afrontamiento inapropiado (p. ej., drogarse, autoaislamiento, reducción del ejercicio físico, etc.) puede ser nocivo para la salud. Al abordarse este problema, nos encontramos con autores que ponen el mayor énfasis en los sucesos vitales, otros desarrollan modelos a partir de las variables de personalidad, algunos se centran en el afrontamiento (p. ej., activo versus pasivo), y no pocos en las reacciones emocionales (p. ej., ira, depresión, desesperanza, etc).

Demandas psicosociales (estrés psicosocial)
Sandín (2003, 2008). Un análisis más detallado sobre los factores psicosociales del estrés (sucesos vitales, sucesos menores y estrés crónico), así como la interrelación entre ellos, puede encontrarla el lector en otras de nuestras publicaciones sobre el estrés.

Se centra en los agentes externos (psicosociales) estresantes.e entiende que los acontecimientos estresantes constituyen el estrés, los cuales producen alteración (strain) en el funcionamiento psicológico y somático del organismo. Se incluyen dos tipos diferenciados de demandas psicosociales o estrés psicosocial, uno centrado en los denominados sucesos vitales o sucesos vitales mayores, y otro conocido como estrés diario, o sucesos menores (también microeventos).

Sucesos vitales

El enfoque de los sucesos vitales: nuevo marco teórico del estrés

Thomas H. Holmes (1979). La enfermedad es un subproducto o epifenómeno de nuestras metas y de los procedimientos que llevamos a cabo para alcanzar nuestras ambiciones. Mi mensaje es directo. Existen muchas cosas peores que sentirse enfermo. Una de ellas puede ser fracasar en una promoción, o no permitir la visita de la suegra. Pero al menos debemos reconocer el riesgo que sufrimos con ello y que estamos dispuestos a pagar su precio.
Sandín (2008; Thoits (1983). Los sucesos vitales son definidos como experiencias objetivas que alteran o amenazan con alterar las actividades usuales del individuo, causando un reajuste sustancial en la conducta de dicho individuo.

El desarrollo de la aproximación conocida como «enfoque de los sucesos vitales» se debe indudablemente al grupo de Thomas H. Holmes. Sin embargo, las ideas de dos defensores de la conceptuación de la enfermedad como un proceso biopsicosocial, Harold G. Wolff y Adolf Meyer, influyeron significativamente en la orientación científica de aquel. De forma particular Meyer, interesado por la interrelación entre la biología, la psicología y la sociología, en relación con los procesos de salud y enfermedad, desarrolló durante las décadas de los años veinte y treinta lo que denominó life chart (historia vital).

Basándose en gran medida en las ideas de Meyer, Holmes comenzó a desarrollar un nuevo marco teórico y metodológico para investigar las relaciones entre el estrés y la enfermedad basada en los fenómenos psicosociales. Su primera idea a este respecto consistió en transformar la «historia vital» en una prueba de autoinforme, dando lugar, en 1956, a la Schedule of Recent Experience (SREJ (Inventario de Experiencia Reciente). Holmes intentó reflejar el «gravamen psicosocial» a que están sometidos los individuos para relacionarlo con la salud. La SRE consistía en ítems sobre sucesos vitales. En 1967 el grupo de Holmes publicó el primer método escalado para cuantificar el estrés psicosocial (impacto psicosomático potencial). A partir de aquí universalizó toda una línea de investigación sobre el estrés y la salud que sigue vigente en el momento actual.

Los sucesos vitales pueden ser extraordinarios y extremadamente traumáticos, pero a veces son eventos más o menos normativos, tales como el matrimonio, el divorcio, la pérdida de trabajo o las pequeñas violaciones de la ley. Puesto que los sucesos vitales se asumen como fenómenos que inducen reacciones fisiológicas y/o psicológicas perturbadoras, es frecuente encontrarlos en la bibliografía científica bajo la denominación de «sucesos vitales estresantes».

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Sucesos vitales múltiples

Holmes y Rahe (1967). Publican la Escala de Estimación del Reajuste Social (Social Readjustment Rating Scale, SRRS); consiste en un método psicométrico estándar de estimación del reajuste social mediante unidades de cambio vital (UCV). Se trata de asignar un valor (ponderación) a cada suceso vital. Cada valor de la escala representa una estimación del cambio vital o grado de cambio y reajuste impuesto por el suceso vital. La construcción de la SRRS la llevaron a cabo siguiendo un procedimiento de escalamiento basado en la psicofísica. La SRRS tenía como finalidad servir de referencia para cuantificar el estrés (en unidades de cambio vital) correspondiente a los sucesos registrados en la SRE. La SRRS incluye una lista de 43 sucesos ordenados según su valor en UCV.
Sandín y Chorot (1996). A pesar de la enorme proliferación actual de escalas de sucesos vitales, la SRE, en alguno de sus diversos formatos o adaptaciones, sigue siendo el instrumento de evaluación del estrés psicosocial más empleado en el momento presente.

Esta modalidad de investigar el estrés se ha basado en diversos tipos de eventos, sobre los cuales podrían destacarse las siguientes siete categorías:

  1. Trabajos relacionados con situaciones bélicas (prisioneros en campos de concentración, veteranos de guerra, etc).
  2. Víctimas del terrorismo.
  3. Víctimas de la violencia en general.
  4. Personas con enfermedades terminales u operaciones quirúrgicas mayores.
  5. Procesos migratorios (personas migrantes, inmigrantes, etc).
  6. Desastres naturales (terremotos, inundaciones, etc).
  7. Sucesos vitales altamente traumáticos (divorcio, pérdida, etc).

Holmes introdujo la aproximación basada en el estudio de sucesos múltiples. Las directrices de esta línea se han basado en estudiar el impacto de los sucesos vitales recientes (evaluados generalmente de forma retrospectiva) sobre la salud. Holmes partió de la idea de que el estrés que experimenta una persona en la vida real debe obedecer a múltiples sucesos, ya que raramente los individuos están expuestos al efecto de un solo evento durante un período de tiempo más o menos largo. El Inventario de Experiencia Reciente (Schedule of Recent Experience; SRE) es el primer instrumento psicométrico desarrollado por el grupo de Holmes; incluye una lista de sucesos vitales en la que el sujeto debe señalar los que le han ocurrido en un período de tiempo reciente (generalmente hasta los dos o tres últimos años).

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En 1967, Holmes y Rahe publican la Escala de Estimación del Reajuste Social (Social Readjustment Rating Scale, SRRS). Holmes y cols. llevaron a cabo amplios estudios en los que demostraban que muchos de estos sucesos vitales precedían al desarrollo de los trastornos, tanto físicos como psicológicos (Holmes y David, 1989). Esta idea ha sido apoyada por muchos otros autores que han empleado la SRE o derivaciones de esta. Las escalas SRE y SRRS han ejercido una gran influencia sobre los métodos actuales de evaluación del estrés psicosocial, prácticamente la totalidad de los cuestionarios actuales sobre sucesos vitales, que por cierto son muchos, se fundamentan o solapan de forma más o menos explícita con la SRE.

Al margen de la influencia de esta aproximación metodológica y teórica, varios autores señalaron algunos problemas inherentes a este modelo:

  1. Las relacionadas con el método de ponderación (no tiene en cuenta el impacto diferencial de los sucesos sobre los distintos individuos).
  2. La relativa ambigüedad en la descripción de los sucesos vitales (las descripciones son demasiado simples).
  3. La limitación del muestreo (se ha indicado que la lista de sucesos vitales es demasiado corta y, por tanto, poco representativa de los sucesos que ocurren en la vida real).
  4. Los sesgos individuales (contaminación retrospectiva, necesidad de buscar una explicación a la enfermedad, etc.).

Todo esto motivó el desarrollo de varios esfuerzos dirigidos a mejorar la validez (y fiabilidad) de evaluación del estrés mediante el método multieventos. El resultado fue que aparecieron nuevos cuestionarios con el propósito de subsanar los principales problemas imputados al SRE.

  • Life Experiences Survey (LES; Escala de Experiencias Vitales) (Sarason et al., 1978).
  • Cuestionario de Sucesos Vitales (CSV) de Sandín y Chorot (2008, 2017).
  • Métodos de entrevista estructurada «contextual» (se evalúa todo el contexto del suceso vital) como la de Brown y Harris (1989).
  • Métodos de entrevista semiestructurada como la de Paykel et al. (1971).

Sucesos vitales y salud

La cuantificación del estrés se lleva a cabo a través de la medida de los sucesos vitales. Se entiende que a mayor puntuación en UCV, existirá mayor riesgo de desarrollar un trastorno (físico o psicológico). El grupo de Holmes ha sugerido el siguiente criterio mando como referencia el último año transcurrido:

300 o más UCV = 80 % de posibilidad de enfermar en el futuro cercano.
150-299 UCV = 50 % de posibilidad de enfermar en el futuro cercano.
Menos de 150 UCV = 30 % de posibilidad de enfermar en el futuro cercano.

Aunque en un principio las UCV se cuantificaban únicamente de forma objetiva (ponderación estándar), el modelo de Holmes integra variables psicológicas mediadoras como la percepción que tiene el sujeto del suceso y los componentes mediadores cognitivos (que entienden como «defensas psicológicas». Un enfoque complementario, que ha sido muy destacado en el marco del estrés psicosocial, es el que se conoce como role strain. Esta orientación es equivalente a la nueva corriente sobre el estrés diario originada a partir de los trabajos del grupo de Lazarus, en el sentido de que los sucesos vitales pueden inducir incrementos en la ocurrencia de acontecimientos diarios (estrés diario).

Sucesos menores (estrés diario)
Kanner y cols. (1981). Asumen que los sucesos positivos deberían estar relacionados con la salud porque, al tratarse de experiencias de valencia positiva, podrían actuar como amortiguadores emocionales del estrés. Sin embargo, los datos empíricos basados en este tipo de sucesos han resultado ser escasamente consistentes.
Sandín et al. (2002). Ambos tipos de sucesos, es decir, sucesos vitales y estrés diario (sucesos menores negativos), contribuyen de forma interactiva.

Se trata de sucesos diarios, que por tanto ocurren con cierta cotidianidad, como las pequeñas disputas familiares, problemas económicos, etc. También se han definido como «microeventos» o sucesos menores. Tanto el estrés menor (o diario) como las satisfacciones que caracterizan la vida cotidiana poseen mayor significado para la salud que los sucesos vitales. En concreto definieron estos dos tipos de eventos como hassles (fastidios, contrariedades o sucesos negativos) y uplifts (placeres, satisfacciones).

Desde el punto de vista psicopatológico, la investigación basada en el empleo conjunto de ambas estrategias (sucesos mayores y menores) permitirá obtener una idea más exacta respecto a los mecanismos implicados en los efectos del estrés psicosocial sobre la alteración de la salud. La evaluación del estrés diario facilitará la obtención de datos de forma longitudinal, lo cual será de enorme utilidad para poder establecer relaciones causales entre el estrés y los problemas de salud. También podrán llevarse a cabo estudios de covariación entre los sucesos diarios y las variaciones en las respuestas asociadas al estrés, tanto fisiológicas (p. ej., cambios endocrinos) como psicológicas (ansiedad, depresión, conductas de enfermedad, etc).

Un pequeño problema metodológico, que puede ser importante si no se controla adecuadamente, es que se puede producir ciertos solapamientos entre ambos tipos de escalas; por ejemplo, ítems como los relacionados con problemas con los hijos, problemas económicos, discusión con vecinos, etc., pueden encontrarse indistintamente en las listas de sucesos mayores y menores. Otro problema, no menos importante, es la posible confusión de medidas. Esto se produce cuando, incluyendo en la lista ítems relativos a la salud (p. ej., alteración del sueño, enfermedad, etc.), posteriormente los relacionamos con indicadores también de salud (en este caso podemos confundir variables independientes con síntomas). Los sucesos de salud son relevantes y deben utilizarse en las listas de sucesos vitales (y/o menores); pero también deben usarse con las debidas cautelas al considerarlos como variables independientes y relacionarlos o hacer inferencias respecto a posibles variables dependientes de salud. El problema de la confusión de medidas guarda relación con la hipótesis de Watson y Pennebaker.

El estrés crónico: una forma perniciosa del estrés
Sandín (2003; 2008). El estrés crónico también puede producirse por la ausencia de sucesos, tal como esperar un hijo cuando no se ha podido tener, o no poder tener un tipo de relación cuando esta se desea tener. Otra forma de estrés crónico es la que viene determinada por estresores que definen un nuevo rol, como una enfermedad crónica grave de larga duración. No obstante, en su mayor parte, el estrés crónico suele asociarse a dificultades experimentadas por personas implicadas en los roles sociales más o menos normativos, es decir, en conjuntos de relaciones interpersonales, actividades y responsabilidades que son relativamente estables y fáciles de identificar, como ocurre con los papeles desempeñados en los ámbitos laborales y familiares. Las dificultades asociadas al funcionamiento de estos roles pueden resultar muy estresantes. La evidencia de la literatura sobre los efectos negativos del estrés crónico sobre la salud física y mental indica que estos son muy dañinos, hasta el punto de que este tipo de estrés suele ser la forma de estrés más grave y perniciosa.

El estrés crónico no comienza necesariamente como un suceso, sino que se desarrolla lenta e insidiosamente como una condición problemática y continúa en nuestro ambiente social y en nuestros roles, y por lo general, desde que aparece hasta que termina, posee un curso temporal más largo que los sucesos vitales. El aspecto crucial que diferencia el estrés crónico del estrés basado en los sucesos vitales o diarios es el fenómeno de la continuidad. Los estresores crónicos suelen poseer un curso continuo, resultando improbable que pueda conceptuarse en términos de suceso. Los estresores crónicos son, típicamente, abiertos en el tiempo (no tienen un final claro).

En su mayor parte, el estrés crónico se ha venido identificando prácticamente con el concepto de estrés laboral, o estrés de rol. Sin embargo, existen otras modalidades de estrés crónico o intermitente que no corresponden al concepto de estrés de rol, tales como los problemas de pareja, las disputas entre padres e hijos, el maltrato infantil, o sufrir condiciones de pobreza. En lo que concierne al estrés de rol, Pearlin (1989) diferenció los siguientes tipos de estresores crónicos:

  1. Sobrecarga de roles (p. ej., sobrecarga en cargos profesionales, personas que cuidan de algún familiar con elevada dependencia, etc).
  2. Conflictos interpersonales en conjuntos de roles; por dificultades entre personas con roles complementarios, como esposo y esposa, obrero y supervisor, padre e hijo, etc.
  3. Conflictos entre roles (p. ej., conflictos entre las demandas del trabajo y las de la familia).
  4. Cautividad de rol (p. ej., las amas de casa o los jubilados que prefieren un trabajo fuera de casa).
  5. Reestructuración de rol; cambios asociados a la evolución del propio rol por cambios de edad, exigencias o condiciones externas, etc. (p. ej., cambios en las condiciones laborales).
Evaluación cognitiva
Feuerstein et al. (1986). Se ha sugerido que el control percibido reduce las respuestas de estrés, al menos por la actuación de dos posibles mecanismos implicados, la ganancia de información y la respuesta anticipatoria.

La relevancia de la valoración o evaluación cognitiva del estímulo potencialmente estresante fue definitivamente incorporada por Lazarus al acervo científico de la psicopatología del estrés. En principio el modelo psicosocial del estrés, siguiendo las directrices de Holmes, no consideraba esta variable como particularmente relevante a la hora de predecir la enfermedad desde el estrés psicosocial. Muy pronto, se vio la necesidad de incluir variables de corte cognitivo (percepción, evaluación, etc).

La ganancia de información asociada al control se traduce en un incremento de la predecibilidad del estresor y anticipación del evento aversivo. La respuesta anticipatoria consiste en una «preparación» cognitiva para un suceso, implicando la interpretación y evaluación del suceso. La respuesta anticipatoria prepara al organismo para hacer frente a la situación amenazante, anticipándose a la llegada efectiva del agente estresor. El control percibido, por tanto, puede ser un mediador importante de la respuesta de estrés. Se ha indicado con frecuencia que más importante que el control real es el control que percibe el sujeto (ilusión de control).

Los cuestionarios de sucesos vitales comienzan a incluir la variable de estrés percibido o malestar personal (distress) producido por el suceso, o características como la deseabilidad, controlabilidad, negatividad (positivo/negativo), predecibilidad (esperado/inesperado), novedad, y dependiente versus independien. Dependiendo de la forma en que el sujeto evalúe estas dimensiones, puede variar el efecto del suceso vital. La valencia de estas dimensiones no siempre está determinada únicamente por la valoración o percepción que hace la persona. También el tipo de situación puede ser hasta cierto punto determinante. Aunque el individuo puede evaluar cada elemento situacional, también la situación puede condicionar determinadas formas de evaluación cognitiva.

Afrontamiento del estrés
Vingerhoets (1975). En psicofisiología el término afrontamiento ha sido usado en un sentido bastante restringido, habitualmente para denotar formas de orientar la conducta hacia estresores de laboratorio.

El afrontamiento (coping) es un concepto que se ha empleado con diferentes sentidos. Se ha entendido como una reducción o supresión el estado de estrés, es decir, como un resultado. En términos generales, actualmente se entiende el afrontamiento como los esfuerzos, tanto cognitivos como conductuales, que hace el individuo para hacer frente al estrés, es decir, para «manejar» tanto las demandas externas o internas generadoras del estrés, como el estado emocional desagradable vinculado al mismo. Varios autores han utilizado la distinción entre afrontamiento activo y pasivo, o bien con otras denominaciones dicotómicas equivalentes, como lucha-huida/conservación-retraimiento, aproximación/evitación, etc.

El afrontamiento se relaciona de forma bastante estrecha con las dimensiones de evaluación cognitiva de la situación, de tal forma que a veces resulta difícil separar ambos componentes. Por ejemplo; cuando un animal experimental es sometido a estímulos estresores de laboratorio (descarga eléctrica) impredecibles e incontrolables (implica la imposibilidad de escape), nos encontramos ipso facto ante una situación experimental de coping pasivo. Ante estas circunstancias es fácil provocar experimentalmente algunas alteraciones físicas como úlceras gastrointestinales, hipertensión y desarrollo de tumores.

El afrontamiento como proceso
Bolger (1990). Constató en un estudio longitudinal que el afrontamiento podía relacionarse de forma causal con los problemas de tipo emocional.

Según el grupo de Lazarus y desde un punto de vista procesual, el afrontamiento es definido como los esfuerzos en curso cognitivos y conductuales para manejar las demandas externas o internas que son evaluadas como algo que grava o excede los recursos de la persona; los esfuerzos cognitivos y conductuales para manejar el estrés psicológico. Siguiendo a Lazarus, la consideración del afrontamiento como un proceso implica asumir los siguientes principios:

  1. El término de afrontamiento se emplea indistintamente de que el proceso sea adaptativo o desadaptativo, eficaz o ineficaz. El afrontamiento debe separarse de los resultados. No existen procesos de afrontamiento universalmente buenos o malos. Por ejemplo, una estrategia de afrontamiento, la negación, parece ser adaptativa durante la fase de cuidados hospitalarios en pacientes que han sufrido un infarto, pero peligrosa si continúa empleándose como estrategia después del período hospitalario.
  2. El afrontamiento depende del contexto. Se trata de una aproximación orientada contextualmente más que como una disposición estable. Por ejemplo, cuando una persona afronta el problema del cáncer, la estrategia de afrontamiento depende de que, en un momento dado, aquella esté tratando con una u otra de las diferentes amenazas generadas por la enfermedad.
  3. Unas estrategias de afrontamiento son más estables o consistentes que otras a través de las situaciones estresantes. Hay datos que indican más estabilidad para la estrategia «reevaluación positiva» que para la «búsqueda de apoyo social».
  4. La teoría del afrontamiento como proceso enfatiza que al menos existen dos funciones principales del afrontamiento, una focalizada en el problema y otra en la emoción. Ambas formas de afrontamiento pueden en la práctica facilitarse mutuamente; por ejemplo, la reducción previa de estados emocionales como la ansiedad o la ira suele facilitar las actividades de solución de problemas (facilita el afrontamiento focalizado en el problema); y viceversa, un afrontamiento focalizado en el problema puede llevar a la reducción de la respuesta emocional. Sin embargo, también pueden interferirse; minimizando la relevancia de un suceso (focalización emocional) se puede inhibir las actividades dirigidas al afrontamiento-problema.
  5. El afrontamiento depende de la evaluación respecto a que pueda o no hacerse algo para cambiar la situación. Si la valoración dice que puede hacerse algo (que la condición estresante puede ser controlable por la acción), predomina el afrontamiento focalizado en el problema. Si la valoración dice que no puede hacerse nada, entonces predomina el afrontamiento focalizado en la emoción.

Lazarus y su grupo elaboraron instrumentos psicométricos basados en entrevistas o autoinformes para evaluar el afrontamiento. Uno de sus procedimientos más empleados, el Ways of Coping Ouestionnaire (WCQ), Folkman y Lazarus (1988).

DimensiónDescripción
ConfrontaciónAcciones directas dirigidas hacia la situación; por ejemplo, expresar ira hacia la persona causante del problema, tratar de que la persona responsable cambie de idea, etc.
DistanciamientoTratar de olvidarse del problema, negarse a tomarlo en serio, comportarse como si nada hubiera ocurrido, etc.
Autocontrol
Guardar los problemas para uno mismo, procurar no precipitarse, etc.
Búsqueda de apoyo socialPedir consejo o ayuda a un amigo, hablar con alguien que puede hacer algo concreto, contar a un familiar el problema, etc.
Aceptación de la responsabilidadDisculparse, criticarse a sí mismo, reconocerse causante del problema, etc.
Escape-evitaciónEsperar a que ocurra un milagro, evitar el contacto con la gente, tomar alcohol o drogas, etc.
Planificación de solución de problemasEstablecer un plan de acción y seguirlo, cambiar algo para que las cosas mejoren, etc.
Reevaluación positivaLa experiencia enseña, hay gente buena, cambié y maduré como persona, etc.
Dimensiones de afrontamiento del Ways of Coping Questionnaire [WCQ]. Tomado de Folkman y Lazarus [1988).

Aunque todavía no existen muchos estudios que confirmen una línea consistente entre el afrontamiento evaluado procesualmente y los resultados relacionados con la salud/enfermedad, existe suficiente información empírica para sugerir algunos patrones relevantes. Por ejemplo, la ansiedad y la depresión se han relacionado positivamente con el uso de estrategias focalizadas en la emoción (evitación cognitiva), y negativamente con estrategias focalizadas en el problema.

Estrategias de afrontamiento
Törestad et al. (1990). Presentaron evidencia sobre la estabilidad del afrontamiento. Empleando su inventario SR (situación-respuesta) (Multi-Situation Multi-Reaction Inventory, MSMRI), demostraron que el afrontamiento está determinado tanto por la situación como por la persona (rasgo). Es decir, según estos autores las estrategias de afrontamiento no se reducen ni a un proceso (dependencia de las cualidades percibidas de la situación) ni a disposiciones personales, sino que se deben a una interacción de ambos factores. Aparte de demostrar el carácter interaccionista del afrontamiento, de la investigación de Törestad y cols. se deriva que, en efecto, los individuos tienen tendencia a usar ciertas estrategias de afrontamiento transituacionalmente. Los autores categorizaron el afrontamiento según tres dimensiones: «constructivo», «pasivo» y de «escape».
Endler y Parker (1990). Llevaron a cabo un estudio basado en la hipótesis de que las personas tienen preferencias en el empleo de estrategias de afrontamiento. Concluyeron que el afrontamiento focalizado en el problema es una orientación hacia la tarea, mientras que el afrontamiento focalizado en la emoción es una orientación hacia la persona. La estrategia orientada hacia la persona incluye respuestas emocionales, autopreocupaciones y reacciones fantásticas. La tercera categoría, esto es, la evitación, incluye bien estrategias orientadas hacia la persona, u orientadas hacia la tarea.
Roger et al. (1993). Amplían el modelo de Endler y Parker y aíslan un cuarto factor primario del afrontamiento relacionado con una sensación de separación afectiva (detachment) respecto a los sucesos estresantes (detached coping, afrontamiento de separación o independencia; significa algo así como «desengancharse» de la situación estresante).

Lo que se hace mediante esta aproximación es preguntar a la persona cómo afronta usualmente el estrés, en lugar de cómo afronta encuentros específicos de estrés. En último término, una medida procesual del afrontamiento se convierte en una medida de rasgo o estilo de afrontamiento. Esta nueva orientación implica una metodología diferente y una concepción más tendente a la multidimensionalidad (varias estrategias de afrontamiento); no implica, por otra parte, aspectos asociados al concepto de «defensas del yo». El afrontamiento, bajo esta perspectiva, se entiende como los esfuerzos conscientes para manejar el estrés; no se admiten, por tanto, los procesos inconscientes. Las dimensiones del afrontamiento se consideran como disposiciones generales que llevan al individuo a pensar y actuar de forma más o menos estable ante las diferentes situaciones estresantes.

El equipo de Törestad (1990) categorizo el afrontamiento según tres dimensiones:

  • Constructivo. Se refiere a los esfuerzos cognitivos y conductuales dirigidos a tratar con los sucesos estresantes de
    una manera directa y confrontativa. Se corresponde con la definida por Lazarus como afrontamiento focalizado en el problema.
  • Pasivo. Incluye soluciones dirigidas a la emoción, mediante las cuales nada puede hacerse respecto a cambiar la situación o moverse de ella.
  • De escape. Hace referencia a las acciones cognitivas y conductuales que implican «salirse del campo» física o psicológicamente.

El equipo de Roger (1993) argumenta que cuando el individuo está menos implicado sentimentalmente con el evento, el afrontamiento suele ser más efectivo. Sugieren que el sentimiento de separación no implica negación ni intentos de evitar el estrés, y puede ser también distinguido de las estrategias orientadas hacia la tarea. Los ítems incluidos en esta cuarta dimensión hacen referencia a contenidos como soñar sobre tiempos pasados cuando las cosas eran mejores, soñar acerca de mejores cosas del futuro, tratar de olvidarse de la totalidad del problema, hablar del problema lo menos posible, etc. Los autores obtienen correlaciones positivas entre esta dimensión y la estrategia orientada racionalmente (tarea), así como entre las estrategias emoción y evitación, sugiriendo que los primeros tipos (racional y separación) son estrategias adaptativas, y los dos segundos (emocional y evitación) son desadaptativos.

No obstante, la versión actual del CAE (Sandín y Chorot, 2003; Sandín et al., 2008), dicen haber logrado superar gran parte de los solapamientos que se dan en otras escalas de afrontamiento. El cuestionario ha sido validado en la mayor parte de los países americanos de habla española (lo que puede explicar lo de la religión).

distress
Respuesta diferencial de los sistemas médula-suprarrenal (adrenalina) y córtico-suprarrenal(cortisol) a los estados de esfuerzo y distrés. Tomado de Frankenhaeuser (1986).
DimensiónDescripción
Expresión emocional abiertaInsultar a otras personas; comportarse hostilmente; luchar y desahogarse emocionalmente.
ReligiónRezar; asistir a la iglesia; pedir ayuda espiritual.
Focalizado en la solución del
problema
Seguir unos pasos concretos; establecer un plan de acción; pensar detenidamente los pasos a seguir.
Búsqueda de apoyo socialPedir consejo a parientes o amigos; contar los sentimientos a familiares o amigos; pedir orientación sobre el mejor camino a seguir.
Autofocalización negativaNo hacer nada ya que las cosas suelen ser malas; resignarse; sentir indefensión respecto al problema.
EvitaciónVolcarse en el trabajo u otras actividades; «salir» para olvidarse del problema; concentrarse en otras cosas.
Reevaluación positivaSacar algo positivo de la situación; pensar que el problema pudo haber sido peor; descubrir que en la vida hay gente buena.
Dimensiones de afrontamiento del Cuestionario de Afrontamiento del Estrés [CAE] Tomado de Sandín y Chorot (2003).

A un nivel más experimental, Frankenhaeuser demostró una relación diferencial entre el tipo de afrontamiento/ emoción y las respuestas hormonales. Destaca la existencia de tres posibles combinaciones entre tales variables:

  • Esfuerzo y distrés. Tiende a estar acompañado de elevación conjunta en la secreción de catecolaminas y cortisol. Es el estado típico del estrés diario, que se produce por el esfuerzo dirigido a obtener y mantener el control. En el trabajo cotidiano implicaría, por ejemplo, actividades como trabajar de forma repetitiva con alguna máquina o de forma altamente rutinaria.
  • Esfuerzo sin distrés. Estado sin malestar emocional, caracterizado por un afrontamiento activo y exitoso, alta implicación en la tarea y un grado alto de control personal. Se acompaña de elevada secreción de catecolaminas y posible descenso de cortisol.
  • Distrés sin esfuerzo. Implica sentimientos de indefensión, pérdida de control y pérdida de la esperanza (abandonar). Se asocia principalmente a secreción incrementada de cortisol, si bien las catecolaminas pueden estar también ligeramente elevadas (menos que con esfuerzo). Es un perfil típico de los estados depresivos, la pasividad y la indefensión aprendida.
La respuesta de estrés

Hablar de la respuesta de estrés significa decir que el organismo se encuentra «estresado», o en estado de estrés. La existencia de estrés está esencialmente unida a la presencia de algún tipo de respuesta del organismo que es etiquetada como «de estrés». Además de las respuestas emocionales, pueden darse otras respuestas psicológicas asociadas (respuestas cognitivas y conductuales).

Respuestas fisiológicas

Respuestas fisiológicas relacionadas con el estrés

Masón (1968). Estableció la idea de totalización neuroendocrina (over-all); con esto pretendía indicar que el sistema neuroendocrino responde a los estresores en forma de patrones de respuesta totalitarios, implicando de hecho a cualquier sistema neuroendocrino del organismo.
Pérez y Sandín (1982). Los cambios hormonales que se producen durante el estrés podrían significar un proceso fisiológico asociado a los mecanismos del sistema nervioso central y/o autónomo. Una característica del sistema neuroendocrino es precisamente la gran sensibilidad a los diferentes estímulos con propiedades emocionales (p. ej., amenaza externa).
Sandín (1984, 1986). Los niveles endógenos de sustancias de tipo hormonal como las prostaglandinas o los neuropépticos (endorfinas, encefalinas, etc.) también pueden alterarse por el estrés.

Las respuestas fisiológicas asociadas al estrés fueron establecidas inicialmente por Selye, el cual implicó prioritariamente a la activación de los sistemas neuroendocrinos hipotálamo-hipófiso-corticosuprarrenal y médulo-suprarrenal, así como también a la activación del sistema nervioso autónomo simpático.

Masón observó que podían aislarse dos patrones diferentes de respuesta hormonal durante el estrés:

  • Primer patrón: incluye un subgrupo de hormonas constituido por los 17-hidroxicorticosteroides (17-OHCS), la adrenalina, la noradrenalina, la tiroxina y la hormona del crecimiento, y se caracteriza por una rápida subida de los niveles de estas hormonas. Temporalmente, las hormonas que adoptan la forma de respuesta del primer patrón muestran un perfil monofásico (ascenso-recuperación). La actividad tiroidea permanece incrementada durante más tiempo, alcanzando los valores más elevados incluso después de interrumpir la exposición del individuo al estresor.
  • Segundo patrón: consiste en una caída inicial del nivel hormonal, en la que se incluyen los andrógenos, los estrógenos y la insulina. Temporalmente, las hormonas que adoptan la forma de respuesta del segundo patrón muestran un perfil bifásico (descenso-ascenso).


Un análisis detenido del tipo de hormonas que se movilizan según uno u otro patrón nos indica que en la primera pauta (monofásica) están implicadas hormonas que, metabólicamente hablando, inducen efectos catabólicos sobre el organismo. Al contrario, las hormonas del segundo patrón (bifásico) ejercen efectos anabólicos. Por consiguiente, durante el estrés parece existir una respuesta global «ergotropa», con actividad catabólica, y otra «trofotropa», con actividad anabólica). La activación de los procesos catabólicos y la inhibición de los anabólicos poseen efectos directos para la posible adaptación del organismo sometido a estrés; en realidad, este es posiblemente el coste organísmico primario inducido por el «gravamen» del estrés.

No todas las respuestas hormonales al estrés son de tipo activador. El tipo de respuesta puede variar en función del sistema neuroendocrino de que se trate. Algunos sistemas responden incrementando la liberación hormonal, como es el caso de las hormonas suprarrenales (corteza y médula), tiroideas, hormona del crecimiento y otras hormonas hipofisarias (vasopresina, etc.).
Otros, por el contrario, responden frenando la secreción hormonal; esto ocurre para las hormonas sexuales y la insulina. Por otra parte, el estrés también puede asociarse a hipoactivación de la actividad del eje hipotálamo-hipófiso-corticosuprarrenal (p. ej., en algunas condiciones de estrés crónico tras un periodo prolongado de estrés agudo).

Funciones del sistema nervioso centralFunciones periféricas
✓ Facilitación del estado de activación, alerta y vigilancia, y de la atención, la cognición y la agresión.
✓ Inhibición de las funciones vegetativas (reproducción, alimentación, crecimiento, etc.).
✓ Alteración de los circuitos de autorregulación (excesiva activación o inhibición).
✓ Incremento de la oxigenación.
✓ Incremento de la nutrición del cerebro, el corazón y la musculatura.
✓ Incremento del tono cardiovascular y la respiración.
✓ Incremento del metabolismo (catabolismo, inhibición de la reproducción y el crecimiento).
✓ Incremento de la desintoxicación de productos metabólicos y sustancias extrañas.
✓ Alteración de los circuitos de autorregulación (incluida la inmunosupresión).
Principales funciones centrales y periféricas relacionadas con la respuesta de estrés. Tomado de Chrousos [2009]

El sistema neuroendocrino del estrés

Sandín (2001). Destacar el descubrimiento de neuronas CRH (neuronas peptidérgicas) en la amígdala que responden positivamente a los glucocorticoides, y cuya activación produce ansiedad. El hipocampo parece que ejerce un efecto inhibitorio sobre la actividad de la amígdala, así como también sobre los dos grandes ejes del sistema del estrés (núcleo paraventricular-CRH y locus coeruleus-sistemas simpáticos).
Sandín (2001). Existen dos tipos de linfocitos T colaboradores (7-helper, Th) según el tipo de citoquinas que secretan. Los linfocitos Th1 producen interleucina 1 (IL-1), interferón y factor de necrosis tumoral (TNF, tumor necrosis factor). Este tipo de citoquinas suele estar relacionado con la activación de macrófagos, la fagocitosis, la activación y proliferación de células NK, y la diferenciación de células T en células Th. Los linfocitos Th2 producen IL-4, IL-5, IL-6, IL-10, e IL-13. Estas citoquinas son importantes para inducir en los linfocitos B la producción de inmunoglobulinas (IgA, IgE, IgG4). También promueven la activación e incremento de células cebadas (mastocitos o mast cells) y eosinófilos, y la inhibición de los macrófagos. Un aspecto importante del funcionamiento del sistema inmune es el balance de la actividad de los linfocitos Th1 y Th2. Los niveles elevados de actividad Th1 suelen asociarse a incrementos de la inmunidad celular (resistencia a infecciones producidas por virus, hongos y bacterias extracelulares) y a decrementos de la función por linfocitos Th2. En cambio, los elevados niveles de la función Th2 promueven la producción de las clases de anticuerpos IgE e IgA (resistencia a enfermedades por parásitos, desarrollo de enfermedades alérgicas, etc.) y el decremento de la función Th1.
Tsigos y Chrousos (2002). Las principales citoquinas inflamatorias (TNF, IL-1 e IL-6) pueden inducir estimulación del eje HHC de forma separada o de forma sinérgica entre ellas. La IL-6 desempeña un papel fundamental en la estimulación inmune del eje HHC, especialmente durante el estrés inflamatorio crónico.

Aunque el estrés parece asociarse a un conjunto amplio de respuestas fisiológicas, pudiendo afectar prácticamente a todo el organismo, existe un sistema del estrés que regula dichas respuestas que denominamos como «sistema neuroendocrino del estrés».

sistema neuroendocrino
Sistema neuroendocrino del estrés. Incluye componentes centrales y periféricos del sistema del estrés, así como sus interrelaciones funcionales y las relaciones con otros sistemas cerebrales implicados en la respuesta de estrés. Las neuronas CRH/ AVP y las neuronas catecolaminérgicas centrales del sistema LC/NA se inervan recíprocamente y se activan mutuamente. El eje HHC es controlado por varios circuitos de feedback. Los glucocorticoides estimulan el hipocampo y los centros de miedo de la amígdala. La activación del eje HHC induce un efecto supresor sobre los ejes GH/IGF, LH/T/E2, y TSH/T3; la activación del eje simpático incrementa la secreción de la citocina IL-6. A= adrenalina; ACTH =hormona adrenocorticotropa; AVP = arginina vasopresina; CRH = hormona liberadora de ACTH; DA = dopaminérgico; E2 = estradiol; GH = growth hormone; IGF = insulin-like growth factor, IL = interleucina; LC = locus coeruleus; LH = hormona luteínica; NA = noradrenalina; POMC = pro-opiomelanocortina; T =testosterona; T3 = triyodotironina; TNF= factor de necrosis tumoral; TSH =hormona estimuladora del tiroides. Tomado de Tsigos y Chrousos (2002).

La CRH cumple una amplia función en la coordinación de la respuesta del estrés, pues este neuropéptido parece que reproduce la fenomenología de dicha respuesta (incrementa la activación, el estado de alerta, la tasa respiratoria, el oxígeno y los nutrientes hacia el cerebro, la gluconeogénesis y la lipolisis). Bajo condiciones de ausencia de estrés, la actividad del sistema HHC varía fundamentalmente en función de las fluctuaciones de los ritmos circadianos (la secreción de cortisol ocurre solo durante seis horas diarias, las cuales suelen concentrarse durante la mañana tras el periodo de despertarse). El efecto inhibitorio que ejerce el cerebro sobre el sistema HHC durante los periodos circadianos parece estar controlado por el hipocampo. El hipocampo posee receptores para los glucocorticoides, y es el principal responsable de la inhibición tónica sobre el sistema HHC.

El complejo cerebral amígdala/hipocampo se activa durante el estrés primariamente por las neuronas catecolaminérgicas ascendentes que se originan en el tronco cerebral, o por estresores emocionales internos, tales como el miedo condicionado. La activación de la amígdala es importante para la recuperación y el análisis de información relevante a algún estresor determinado. En respuesta a los estresores emocionales, la amígdala puede estimular directamente tanto los componentes centrales del estrés como el sistema dopaminérgico mesolímbico.

El sistema mesocortical/mesolímbico se relaciona con el afecto, los fenómenos anticipatorios y los procesos cognitivos (sistema mesocortical) y con los procesos de reforzamiento y recompensa (sistema mesolímbico). El complejo amígdala/hipocampo regula la iniciación, propagación y terminación de la actividad del sistema del estrés, así como también los procesos de emocionales,
incluidas las reacciones de ansiedad, miedo e ira. Finalmente, el núcleo arcuato regula el ajuste de las sensaciones de dolor (a través de la endorfina beta y otros neuropéptidos POMC. La activación del sistema simpático incrementa la secreción de IL-6 y otras citoquinas pro-inflamatorias.

La respuesta de estrés puede estar desencadenada por diversos tipos de estresores, tales como un estímulo psicológico, un trauma o un estado de inflamación. Las citoquinas proinflamatorias y otros mediadores humorales de la inflamación son potentes activadores de la respuesta central del estrés. Las citoquinas pueden activar el eje HHC por estimulación de las vías catecolaminérgicas centrales. A su vez el sistema del estrés, a través de la activación del eje HHC (incremento de glucocorticoides), produce efectos inhibitorios sobre la respuesta inmune inflamatoria (la mayor parte de los componentes del sistema inmune son inhibidos por la acción del cortisol), regulando de este modo el posible descontrol de la respuesta inflamatoria. De esta forma se establece un mecanismo de autorregulación entre el sistema inmune y el sistema del estrés.

Se asume que la activación del eje HHC produce efectos inhibitorios de la respuesta inmune inflamatoria en general, pues casi todos los componentes de la respuesta inmune son inhibidos por el cortisol (p. ej„ a través de la reducción de citoquinas pronflamatorias). Aunque en general los efectos del estrés suelen considerarse de tipo inmunosupresivo, la investigación reciente ha venido constatando que los efectos del estrés sobre el sistema inmune no se reducen a esto, sino que afectan a otros mecanismos inmunológicos complejos, como el equilibrio en la actividad entre los linfocitos Th1y Th2. El estrés modifica el balance entre ambos, potenciando la preponderancia de la actividad Th2.

Respuestas psicológicas
Arnold (1967). La reacción del organismo bajo estrés es extraordinaria, y tiene como finalidad restaurar su funcionamiento normal. Tal actividad extraordinaria frecuentemente incluye acciones dirigidas hacia una meta (p. ej., ira que urge a luchar, dolor que activa y desencadena la respuesta de escape, etc.). De este modo, la emoción es activada junto a los cambios fisiológicos que caracterizan el «síndrome de estrés», cada vez que este (el estrés) es psicológicamente experimentado.
Lazarus (1993). Algunas estrategias de afrontamiento, como la planificación de solución de problemas y la reevaluación positiva, se han asociado a cambios emocionales favorables (de estados negativos a positivos); otras estrategias, como la confrontación y el distanciamiento, han correlacionado con cambios emocionales desfavorables (de estados negativos a más negativos).

La principal respuesta psicológica asociada al estrés es de tipo emocional. Un fenómeno que suele ser común en la respuesta de estrés es la sensación subjetiva de malestar emocional (distress), otro término empleado es el de tensión, o sensación subjetiva de tensión. El tipo de emociones que suelen acompañar a la experiencia de estrés son emociones negativas, como por ejemplo ansiedad, miedo, ira, depresión, etc. Las emociones acompañan y determinan en gran medida los procesos del estrés.

En circunstancias de estrés agudo es frecuente la experiencia subjetiva de ansiedad/miedo; cuando el estrés se cronifica predomina la experiencia de estado de ánimo depresivo. Esto se ha explicado en términos de «agotamiento» en los mecanismos neurotransmisores del sistema nervioso central (p. ej., sistemas catecolaminérgicos), por haber ocurrido un estado sostenido de activación neurofisiológica durante el estrés prolongado.

respuesta emocional estres
Perfil de respuesta emocional asociado a la situación de estrés psicosocial producida por la pandemia de COVID-19 durante el periodo de confinamiento vivido en España durante los meses de marzo y abril de 2020. Partiendo de una muestra de más de mil participantes y una situación de elevado estrés psicosocial debido, tanto a las características de la pandemia (alto grado de amenaza, incertidumbre e impredecibilidad, invisibilidad, letalidad e incontrolabilidad del agente invasor, etc.), como por las condiciones restrictivas asociadas al propio confinamiento. La figura muestra el porcentaje de personas que indicaron haber experimentado cada emoción con la máxima frecuencia durante el periodo de confinamiento. Aunque el porcentaje de mujeres era superior al de hombres respecto a todas las emociones, el perfil de respuesta fue similar en ambos grupos, observándose mayor impacto sobre ciertas emociones (preocupación, estar estresado/agobiado, sentimiento de desesperanza, y depresión (en el grupo de mujeres), menor impacto sobre otras (ira/irritabilidad, y sentimiento de soledad), e intermedia en otras emociones (ansiedad, depresión, nerviosismo, e inquietud). Puede observarse, por tanto, que en una condición psicosocial de elevado nivel de amenaza, las respuestas emocionales de estrés no son uniformes para todos los tipos de emoción, variando significativamente entre ellas. Tomado de Sandín et al. (2020).

Las respuestas psicológicas asociadas al estrés no son únicamente respuestas emocionales. Así, se han referido también respuestas cognitivas y conductuales como variables psicológicas importantes. No obstante, al considerar estas variables como componentes de la respuesta del estrés independientes conceptualmente de la emoción y de otras variables del estrés, nos encontramos con algunos problemas teóricos y metodológicos:

  • Las respuestas cognitivas y conductuales que emite el organismo en estados de estrés suelen constituir modos de afrontamiento, ya que este consiste en esfuerzos cognitivos y conductuales ante la experiencia del estrés (emocional-fisiológica).
  • Ciertas respuestas cognitivas consisten en formas de valoración de la amenaza.
  • La emoción posee también componentes cognitivos y conductuales, además de la propia experiencia emocional.

La preocupación, la pérdida de control percibido y la negación son, por ejemplo, tres tipos de respuesta cognitiva de estrés señalados frecuentemente. Sin embargo, propiamente hablando, la preocupación es un componente cognitivo de la emoción (ansiedad), la sensación de pérdida de control es una faceta de la reevaluación cognitiva, y la negación es una estrategia de afrontamiento. La expresión de la ira, por otra parte, podría ser conceptuada como la forma conductual de una emoción, la ira. Al igual que con las respuestas cognitivas, la respuesta conductual del estrés se ha confundido a veces con estados desadaptativos comportamentales, como, por ejemplo, con la tartamudez y otros desajustes del lenguaje, la drogadicción, las conductas compulsivas, etc.

Existe una muy estrecha y particular interrelación entre las respuestas fisiológicas y emocionales del estrés y el afrontamiento. El afrontamiento tiene como finalidad reducir la experiencia subjetiva de la respuesta de estrés (componentes fisiológicos y emocionales). Una manera de hacerlo es focalizándose en la emoción; es decir, tratando de reducir el malestar emocional (tratar de olvidar el problema o negarse a tomarlo en serio son ejemplos de estrategias de afrontamiento focalizadas en la emoción).

Apoyo social
Turner (1983). El concepto de apoyo social debe distinguirse de una acepción amplia del término porque necesariamente implica la presencia y el producto de relaciones humanas estables.
Wills (1991). Apoyo social es la percepción o experiencia de ser querido y cuidado por los demás, ser estimado y valorado, y formar parte de una red social de relaciones mutuas de ayuda y obligaciones. Sin duda, un aspecto esencial del apoyo social es la percepción que tiene el individuo del mismo (apoyo social percibido), siendo mucho más relevante que el apoyo social real.
Coyne y Downey (1991). Resaltaron que los aspectos negativos del apoyo social, como por ejemplo la ausencia de relaciones íntimas, pueden constituir en sí mismos un factor de riesgo para desarrollar depresión, aun en ausencia de sucesos vitales estresantes. Un dato epidemiológico importante resaltado por estos autores es que el riesgo para padecer depresión en individuos casados y que pueden comunicarse con sus esposos/as es algo inferior que en personas solteras, separadas o divorciadas. Esta reducción puede producirse por un efecto positivo del apoyo emocional o intimidad inducido por un buen matrimonio. Sin embargo, este efecto positivo es minimizado por el elevado efecto negativo de un mal matrimonio, es decir, por el efecto de estar casado y no poder comunicarse con el esposo/a; a este respecto se ha señalado una tasa de probabilidad para la depresión superior al 25% entre las personas bajo tal condición. ) Interpretan esta evidencia epidemioló­gica, más que en términos de relaciones causales entre el apoyo social y la salud, como un fenómeno con implicaciones conceptuales y teóricas sobre el propio apoyo social.
Adler y Matthews (1994). Señalan que el apoyo social favorece la salud, bien porque se relacione negativamente con el comienzo de enfermedades u otros problemas de salud, bien porque facilita la recuperación de los pacientes con algún tipo de trastorno.
Sandín et al. (2008). Desarrollaron un instrumento para poder llevar a cabo una evaluación rápida del apoyo social percibido. Se trata del Cuestionario Breve de Apoyo Social (CBAS), una escala corta (12 Ítems x 2 -familiares y amigos). Permite evaluar cuatro dimensiones importantes de apoyo social (apoyo económico, apoyo emocional, valoración/aprecio y consejo/orientación).

El concepto de apoyo social se ha empleado científicamente con múltiples sentidos, tales como para denotar compañía humana, disponibilidad de personas de confianza, lazos sociales, contacto social significativo, pertenencia a una red social, apoyo personal, etc. Sin duda, un aspecto esencial del apoyo social es la percepción que tiene el individuo del mismo (apoyo social percibido), siendo mucho más relevante que el apoyo social real.

El apoyo social constituye un conjunto de recursos que implican aspectos emocionales, instrumentales e informativos. El apoyo emocional implica proporcionar afecto y cuidados a otros individuos, así como también reasegurar (tranquilizar) a la persona de su valía y la preocupación que tienen por ella otras personas. El apoyo instrumental implica proporcionar asistencia tangible, como ayuda en aspectos económicos o bienes concretos. El apoyo informativo se produce cuando una persona ayuda a otra a entender mejor una situación estresante y a cerciorarse sobre las mejores estrategias para afrontar el problema. Estos tres aspectos del apoyo social constituyen lo que se ha denominado como «apoyo social funcional». Además el apoyo social estructural se refiere a la integración social del individuo, incluyendo aspectos como el número de relaciones sociales en las que está implicado, la frecuencia de contactos en la red social, características de la red social, etc.

Existe evidencia empírica relacionada con los efectos positivos que tiene el apoyo social sobre la salud psicológica y física. Se ha constatado que el apoyo social reduce los síntomas y ansiedad y depresión, y mejora el ajuste psicológico de diversas condiciones médicas relacionadas con el estrés crónico, tales como la enfermedad arterial coronaria, el cáncer, la artritis reumatoide, y la leucemia infantil. Además se ha visto que protege contra el declive cognitivo asociado a la edad avanzada, incrementando, así mismo, la calidad de vida y la longevidad. El apoyo social también ha demostrado proporcionar beneficios para la salud en personas en situaciones de riesgo, como el periodo de gestación, la enfermedad coronaria (se reducen los casos de infarto de miocardio), la diabetes (se mejora el control), y la supervivencia en individuos con enfermedad renal grave.

Una cuestión de importante discusión actual se centra en dilucidar si los efectos del apoyo social se deben a una acción amortiguadora del estrés (modelo de amortiguación), o si se trata más bien de un efecto directo sobre la salud independientemente de que exista o no estrés (hipótesis de los efectos directos). De acuerdo con el modelo de amortiguación, el apoyo social actúa protegiendo al individuo durante los momentos de estrés potenciando la adaptación del individuo (p. ej„ mediante la facilitación o mejora de la conducta de afrontamiento). El apoyo social puede reducir el impacto del estrés: eliminando o reduciendo el propio estresor (p. ej., la presencia de un suceso vital); reforzando la capacidad del individuo para hacer frente al estresor, o atenuando la experiencia del estrés una vez que este se ha puesto en marcha. La hipótesis de los efectos directos, por el contrario, presupone que el apoyo social ejerce efectos positivos primarios sobre la salud, siendo por tanto estos efectos independientes de los efectos del estrés. Puesto que se han aportado datos en favor de ambos modelos, es permisible asumir que el apoyo social puede actuar sobre la salud a través de diversos tipos de mecanismos, no únicamente mediante un proceso de amortiguación del estrés.

estres apoyo social
Hipótesis sobre la relación entre el apoyo social y la salud; (+) = incremento de riesgo, (-) = reducción de riesgo. Tomado de Krause (1989). La hipótesis moderadora, predice una interacción entre el estrés psicosocial y el apoyo social sobre el bienestar (el estrés y el apoyo social predicen o explican interactivamente la salud). Esta hipótesis asume que la correlación entre el estrés y el apoyo social es baja o nula (son independientes). La segunda hipótesis, denominada hipótesis supresora, parte de una relación aditiva entre el estrés, el apoyo social y el bienestar. El nivel de apoyo social es dependiente del nivel de estrés. Los efectos directos del estrés son minimizados por el efecto indirecto del apoyo social. Según este modelo el estrés correlaciona con el apoyo social (el estrés incrementa el apoyo social).

La cuestión relativa a cómo el apoyo social amortigua el estrés se complementa con otra basada en cómo las relaciones disfuncionales perjudican el afrontamiento del estrés; en lugar de enfatizar las interacciones sociales que presumiblemente transmiten el apoyo social, Coyne y Downey (1991) resaltan el conflicto, la inhibición de comunicación y la falta de estabilidad en las relaciones íntimas, que reducen la percepción individual de apoyo.

Características personales

Además de las variables mediadoras de la respuesta de estrés (valoración cognitiva y estrategias de afrontamiento) y del apoyo social, y aparte de la conocida relevancia de los factores demográficos (edad, sexo, etc.), existe un conjunto de variables de características personales de tipo disposicional y rasgos de personalidad (relativamente estables) que «modulan» las reacciones del individuo a las situaciones estresantes. Estas variables explican posibles diferencias individuales en las reacciones de estrés.

Estrés y características personales
Monroe y Steiner (1986); Sarason y Sarason (1982). La personalidad juega un importante papel en cuanto determinante de diferencias individuales en el tamaño del grupo de pertenencia, así como también respecto a la calidad del apoyo social.
Monroe y Steiner (1986). El apoyo social se relaciona con las habilidades interpersonales. La deficiencia de habilidades sociales puede llevar a una excesiva demanda de apoyo, es decir, a un exceso de dependencia, y, en última instancia, a un empobrecimiento y perturbación de las redes de apoyo disponibles. Con lo cual, las características de personalidad no solo pueden asociarse a un potencial de recursos sociales disminuidos, sino que también pueden implicar un peor aprovechamiento de los recursos disponibles y un mayor riesgo de pérdida de estos.
Jenkins (1991). La relación entre personalidad y apoyo social es recí­proca, la calidad de este puede influir sobre las características de personalidad. Sobre este punto se ha resaltado, por ejemplo, que el apoyo social potencia la autoestima de la persona en sus diferentes dimensiones (habilidad, apariencia, aprecio, valía y rango social).
Resilience Scale de Connor y Davidson (2003). Se trata de una escala de 25 ítems que evalúan: (1) competencia personal y tenacidad (p. ej., trabajo para conseguir mis metas); (2) confianza en los instintos personales y tolerancia a la adversidad (p. ej., sigo los presentimientos que tengo); (3) aceptación positiva del cambio y relaciones seguras (p. ej., soy capaz de adaptarme a los cambios); (4) control (p. ej., siento que controlo mi vida), y (5) espiritualidad (p. ej., pienso que las cosas ocurren por alguna razón).
Becoña (2006). En la resiliencia deben estar presentes tanto los factores de riesgo como los de protección (que ayuden a maximizar los resultados positivos y minimizar los negativos). Desde esta perspectiva, la resiliencia sería «un macrofactor que explicaría el resultado adaptativo del individuo ante la vida».
Sandín et al. (2017). Existe actualmente evidencia indicativa de que la tolerancia al estrés contribuye al desarrollo y mantenimiento de problemas psiquiátricos, incluyendo el trastorno de personalidad límite, el abuso de sustancias, y diversas manifestaciones psicosomáticas.

Las variables de diferencias individuales que han sido propuestas como factores moduladores de la relación entre el estrés y la enfermedad son múltiples y diversas. Mientras algunas son consideradas como potenciadoras de la salud, otras se entienden como facilitadoras de la enfermedad.

Dimensión psicológicaEfectoTrastornoAutor(es)
Tipos de reacción al estrés:Grossarth-Maticek y Eysenck (1990, 1991a,b), Eysenck (1991)
Tipo 1: Propensión al cáncer+Cáncer/Inmu.1
Tipo 2: Propensión a la CC2+CC/Cerebrovasc.3
Tipo 3: HistéricoCáncer/CC
Tipo 4: SaludablePsicosomáticos
Tipo 5: Racional/antiemocional+Depresión/cáncer
Tipo 6: Antisocial+Adicción a drogas
Conducta tipo A+CCFriedman y Rosenman (1959), Jenkins et al. (1967)
Hostilidad cínica+CCBarefoot et al. (1983)
Hostilidad+CCDembroski y Costa (1987), Matthews (1988)
Antagonismo4+CCCosta et al. (1989)
Conducta tipo C+CáncerTemoshok (1985)
Estilo represor+Cáncer/Inmu.Jensen (1987)
Extraversión+CáncerEysenck (1988)
NeuroticismoCáncerEysenck (1988)
Alexitimia+PsicosomáticosSifneos et al. (1977), Taylor (1984)
Hardiness («dureza», «resistencia»)PsicosomáticosKobasa (1979)
ResilienciaPsicosomáticosGarmezy (1985)
Motivación social: logro/afiliación+/-PsicosomáticosJemmott III (1987)
Sentido de coherenciaPsicosomáticosAntonovsky (1987)
OptimismoPsicosomáticosScheier y Carver (1987)
AutoestimaPsicosomáticosDeLongis et al. (1988)
Índice de reactividad al estrés+PsicosomáticosGonzález de Rivera (1989)
Sentido del humorPsicosomáticosOverholser (1992)
Personalidad tipo D+PsicosomáticosDenollet et al. (1995)
Tolerancia al estrésPsicosomáticosSimons y Gaher (2005)
Principales variables psicológicas propuestas como moduladoras de la respuesta de estrés y de los trastornos psicosomáticos asociados. 1 Trastornos asociados al sistema inmunológico. 2 CC = Cardiopatía coronaria (o isquémica). 3 Trastornos cerebrovasculares. 4 La variable antagonismo corresponde a un factor de personalidad del grupo «5-Grandes». (+) denota incremento de riesgo. (-) denota reducción de riesgo.

Se han constatado ciertas relaciones entre las dimensiones de la Alexitimia (dificultad para identificar emociones; dificultad para comunicar emociones; reducción de ensueños y fantasías; pensamiento orientado externamente) y los tipos de reacción al estrés de Grossarth-Maticek
y Eysenck:

  • La puntuación global de alexitimia correlaciona positivamente con los tipos 1 y 5, pero no con los restantes tipos.
  • El tipo saludable (tipo 4) tiende a correlacionar negativamente con las dimensiones de alexitimia.
  • La dimensión relacionada con la dificultad para identificar sentimientos parece ser un factor de riesgo general psicosomático, ya que se asocia positivamente a todos los tipos no saludables de reacción al estrés.


El constructo hardiness es definido por Kobasa como una tendencia de orientación optimista ante el estrés caracterizada por implicar tres conceptos:

  1. Compromiso («commitment»). Denota la habilidad para creer en y reconocer los propios valores, metas y prioridades, apreciar la propia capacidad y lo que uno hace, y la tendencia a implicarse uno mismo en las diferentes situaciones vitales con un sentido general de propósito. Las personas «comprometidas» poseen un sistema de creencias que minimiza la percepción de amenaza ante los diferentes sucesos vitales. Se trata pues de un cierto «compromiso con uno mismo», idea que se aleja de los conceptos del existencialismo.
  2. Desafío («challenge»). La tendencia a valorar las situaciones de estrés como un desafío es más saludable que la tendencia a hacerlo como amenaza. El desafío es entendido como una oportunidad y un incentivo para el desarrollo personal. Las personas que tienden efectuar este tipo de valoración ante el estrés son individuos cognitivamente flexibles y con buena tolerancia de la ambigüedad.
  3. Control. La sensación personal de control sobre los eventos externos facilita la adaptación ante las situaciones estresantes y la salud. Las personas con elevada percepción de control no solo buscan explicaciones sobre lo que ocurre en términos de las acciones de otros o en el destino, sino también, y de forma especial, en la propia responsabilidad.

Aparte de los componentes de tipo existencialista que encierra el constructo de resistencia al estrés (hardiness), puede observarse su aparente conexión con otros factores protectores (positivos) como el optimismo, la autoestima y la autoeficacia. El constructo de sentido de coherencia funciona a modo de recurso principal de afrontamiento para preservar la salud, esto es, como un recurso de resistencia al estrés. El sentido de coherencia se ha asociado de forma consistente con la salud, tanto física como mental. No obstante, presenta ciertos componentes de otros constructos establecidos previamente como la resistencia ante el estrés (Kobasa, 1979), la autoeficacia (Bandura, 1977) y la autoestima (Geyer, 1997).

El sentido de coherencia es un recurso que protege al individuo de los efectos negativos que induce el estrés sobre la salud. Se trata de una orientación global del individuo caracterizada por los tres componentes siguientes:

  1. Comprensibilidad (comprehensibility). Se refiere al control cognitivo sobre el propio medio que rodea al individuo. Este es interpretado como algo racional, comprensible, estructurado, ordenado, consistente, y predecible.
  2. Manejabilidad (manageability). Indica el grado en que el individuo considera que dispone de recursos para hacer frente adecuadamente a las demandas o problemas.
  3. Significatividad (meaningfulness). Constituye un componente motivacional y determina si una situación es o no evaluada como un reto, y si merece la pena implicarse tratando de afrontarlo.

En el ámbito de la psicología, la resiliencia se aplicó inicialmente a individuos con esquizofrenia, y en personas expuestas a situaciones de extrema pobreza y adversidades tempranas (p. ej., traumas durante la infancia). Más que un rasgo del individuo consiste en un patrón característico («patrón resiliente» o «persona que posee características de la resiliencia»).

De forma operativa la resiliencia se ha referido fundamentalmente a tres tipos de fenómenos:

  1. Buen resultado del desarrollo a pesar de la situación de alto riesgo (los factores protectores serían ciertos atributos disposicionales como la capacidad intelectual, la autoconfianza, las habilidades comunicativas, el temperamento positivo, etc.).
  2. Competencia bajo amenaza (serían factores protectores las características familiares, el apoyo emocional, los estilos positivos de crianza, etc.).
  3. Recuperación del trauma (serían factores protectores los apoyos externos como las experiencias positivas en el colegio, las buenas relaciones con los compañeros y las relaciones positivas con los adultos).

El concepto de tolerancia al estrés se refiere a la capacidad personal para experimentar y soportar los estados psicológicos negativos asociados al estrés (los estados emocionales de distrés). No debe identificarse con otros constructos relacionados como la sensibilidad a la ansiedad, la regulación emocional, el afrontamiento evitativo o la tolerancia a la ambigüedad.

La tolerancia al estrés puede ser considerada como una variable de diferencias individuales (variable disposicional) relacionada con evaluaciones y expectativas de experimentar estados emocionales negativos relacionados con:

  1. La percepción de la gravedad y tolerabilidad del distrés.
  2. La evaluación subjetiva del distrés.
  3. La absorción de la atención por las emociones negativas.
  4. Los esfuerzos para regular la emoción y aliviar el distrés.

Los mecanismos y niveles de acción de las variables de personalidad pueden ser diversos. Este tipo de variables pueden actuar a diferentes niveles como la evaluación cognitiva, las estrategias de afrontamiento, y las respuestas fisiológicas y emocionales. Ejemplos:

  • Las personas neuróticas tienden a valorar las situaciones estresantes de forma más amenazante, y a emitir mayor grado de respuestas fisiológicas y emocionales (así como mayor sintomatología) que los individuos no neuróticos (bajo nivel de neuroticismo).
  • Bajo estados de estrés, las personas con elevada hostilidad tienden a experimentar ira y elevada reactividad cardiovascular (p. ej., incremento de frecuencia cardíaca y presión sanguínea).
  • Se ha indicado que los individuos con estilo represor suelen presentar inhibición de la competencia inmunológica asociada al estrés (podría deberse a un exceso de glucocorticoides inducidos por el estrés).
  • El neuroticismo se ha relacionado positivamente con el uso de estrategias de afrontamiento focalizadas en la emoción (p. ej., fantasía como escape, autoculpa, autoaislamiento, descarga emocional, etc.), y negativamente con estrategias focalizadas en la situación. La probabilidad que tiene un individuo de emplear unas estrategias de afrontamiento u otras depende de factores situacionales, pero también de características personales.
  • Características más o menos estables, como el optimismo (tendencia a experimentar expectativas de resultados positivos), la autoestima, el locus de control interno y el hardiness («dureza/resistencia»), se han asociado positivamente al uso de estrategias focalizadas en el problema (acciones planificadas) en situaciones potencialmente controlables, y a tendencias a llevar a cabo mayor número de acciones para aliviar sus síntomas cuando se sienten enfermos (en contraste con las personas pesimistas, y/o de baja autoestima y/o de bajo hardiness).

Existe evidencia de que el estrés diario no solo depende de la existencia previa de sucesos vitales, sino también del grado actual de salud (p. ej., estatus psicopatológico) y de rasgos personales. Estas variables pueden incluso modular el apoyo social, tanto el apoyo real como el percibido. El apoyo social está determinado por el grado con que el individuo se relaciona con otra gente.

Tipos de reacción al estrés

Tipos de reacción al estrés de Grossarth-Maticek y Eysenck (1990, 1991a,b), Eysenck (1991):

  1. Tipo 1. Predisposición al cáncer. Se caracteriza por presentar elevado grado de dependencia conformista respecto a algún objeto o persona con valor emocional destacado para él (consideran a estos objetos o personas como lo más importante para su bienestar y felicidad), e inhibición para establecer intimidad o proximidad con las personas u objetos queridos. Son personas que ante situaciones estresantes suelen reaccionar con sentimientos de desesperanza, indefensión, y tendencias a idealizar los objetos emocionales y a reprimir las reacciones emocionales abiertas. La pérdida/ausencia del objeto se mantiene como fuente de estrés, ya que la persona no se desvincula definitivamente de él, pero tampoco logra la proximidad/intimidad necesaria. Predomina la hipoestimulación.
  2. Tipo 2. Predisposición a la cardiopatía coronaria (CC). Reaccionan al estrés mediante excitación general, ira, agresividad e irritación crónicas. Tiende a evaluar de forma extrema los objetos o personas perturbadores, soliendo fracasar en el establecimiento de relaciones emocionales estables. Las personas y situaciones importantes para el individuo suelen ser la causa principal de infelicidad, siendo valoradas emocionalmente como negativas y altamente perturbadoras. Este tipo predispone a la CC y a los infartos cerebrovasculares (ictus). Predomina la hiperexcitación.
  3. Tipo 3. Histérico. Son personas que alternan en cuanto a la expresión de las características correspondientes a los tipos 1 y 2, por lo que se ha propuesto como protector tanto del cáncer como de la CC. Emocionalmente, por tanto, pasan desde experimentar sentimientos de indefensión y desesperanza a expresar ira, agresión e irritabilidad. Predomina la ambivalencia.
  4. Tipo 4. Tipo saludable protector de la salud. Las personas en las que predomina este tipo poseen marcado grado de autonomía en su comportamiento. Estos individuos conciben la autonomía propia y ajena como el factor más importante para el bienestar y la felicidad personal. Afrontan el estrés de forma apropiada y realista, bien mediante estrategias de aproximación o evitación del objeto querido (permitiendo y aceptando, por tanto, la autonomía de dicho objeto). Predomina la autonomía personal.
  5. Tipo 5. Racional-antiemocional. Se define por la tendencia a emitir reacciones racionales y antiemocionales. Este tipo de personas suele suprimir o negar las manifestaciones afectivas, encontrando dificultad para expresar las emociones. Debería denotar predisposición a la depresión y al cáncer. Predominio de lo racional sobre lo emocional.
  6. Tipo 6. Antisocial. Se define por la tendencia a reaccionar mediante comportamientos de tipo antisocial y a veces criminales. Este tipo se ha propuesto como un factor de predisposición al consumo de drogas. Predomina la conducta de tipo psicopático.

Para establecer la relación entre el tipo de personalidad y la causa de muerte, Grossarth-Maticek y Eysenck diagnosticaron en miles de personas el tipo psicosocial, y entre diez y once años más tarde calcularon la mortalidad y sus causas en estos sujetos. posteriormente relacionaron el tipo psicosocial con el tipo de causa de muerte. El valor predictivo de estos tipos es superior en los grupos de personas bajo situaciones de estrés que en personas no estresadas. Aunque los autores sugieren que los tipos psicosociales pueden actuar como factores causales del cáncer y las enfermedades vasculares, también alertan sobre los múltiples factores que pueden estar implicados en el desarrollo de tales enfermedades.

Se han constatado algunas relaciones entre los seis tipos y ciertas variables como el neuroticismo, la alexitimia, las estrategias de afrontamiento y el rasgo y expresión de la ira. Por ejemplo, todos los tipos, excepto el 5, correlacionan de forma positiva y significativa (el tipo 4 de forma negativa) con la variable neuroticismo; las correlaciones con extraversión y psicoticismo adoptan patrones diferenciales en función de los tipos. El afrontamiento focalizado en la tarea se relaciona positivamente con los tipos 4 y 5, y negativamente con los restantes tipos; las formas de afrontamiento focalizadas en la emoción o evitación correlacionan positivamente con los tipos 1, 2, 3 y 6, y negativamente con el tipo 4. Los tipos de riesgo psicosomático tendían a correlacionar de forma positiva con las dimensiones de sintomatología somática, mientras que el tipo saludable lo hacía de forma negativa, siendo el tipo 2 el que, en general, correlacionó de forma más elevada con los diferentes tipos de síntomas somáticos. Constatamos, así mismo, que las enfermedades asociadas al sistema inmunológico (infecciosas, gripe y alergias) se producían preferentemente en personas tipo 1.

Basándose en el principio de que estos tipos son modificables por el aprendizaje, Eysenck y Grossarth-Maticek desarrollaron un nuevo método de terapia de conducta, denominado Creative novation behaviour therapy («terapia de conducta de innovación creativa», TCIC), para ser aplicado a los individuos propensos al cáncer (tipo 1) y a la CC/ ictus (tipo 2) de forma profiláctica, y de este modo reducir la probabilidad de muerte por estas enfermedades, o bien con objeto de prolongar sus vidas. Innovación (novation) indica que el sujeto debe desarrollar nuevos tipos de conducta, y creativa denota que el paciente es animado a desarrollar estas nuevas conductas de forma creativa mediante la auto-observación y la experiencia de las consecuencias de sus actos. El nuevo método fue denominado entrenamiento en autonomía (autonomy training), ya que el principal objetivo del tratamiento consiste en estimular que la persona busque resultados positivos a largo plazo de los diferentes tipos de conducta y autoevaluación.

La eficacia de la TCIC ha sido preliminarmente probada en la prevención del cáncer y de la CC, así como también por su efecto positivo mediante el incremento de la esperanza de vida en personas con cáncer o CC. También se han referido datos sobre el efecto de la TCIC reduciendo la esclerosis vascular en fondo de ojo.

Consecuencias del estrés en la salud física y mental

La respuesta de estrés es una respuesta innata, más o menos estereotipada, que ha evolucionado para mantener la homeostasis y proteger al organismo durante las situaciones de estrés agudo. La respuesta implica una serie de cambios que se producen tanto en el sistema nervioso central como en el sistema nervioso autónomo, incluyendo varios órganos y tejidos periféricos, así como también al sistema inmunológico. Los efectos patológicos del estrés suelen correlacionar con la intensidad y la cronicidad de la respuesta.

La mayor parte de las hipótesis causales de los trastornos mentales incluyen algún modelo de «vulnerabilidad-estrés», incluidas las hipótesis sobre la esquizofrenia. Cabría añadir, así mismo, que la implicación etiológica del estrés en los diversos trastornos mentales se refiere fundamentalmente a experiencias de estrés crónico o intermitente experimentado durante edades críticas del desarrollo, especialmente durante la infancia (p. ej., experiencias de trauma infantil).

Consecuencias somáticas del estrés

Oliver y Buss (2008). Las alteraciones del hipocampo debidas al estrés crónico se han asociado de forma consistente a déficits cognitivos, especialmente en lo que concierne a la memoria operativa y a la memoria declarativa.
Moras y Baram (2012). Aunque el estrés agudo puede contribuir a los mecanismos adaptativos del estrés, mejorando la función del hipocampo ante situaciones amenazantes (parece que puede promover la extinción de experiencias adversas), existe evidencia de que el estrés crónico puede dañar y producir atrofia en las espinas dendríticas del hipocampo, tanto por el efecto de los glucocorticoides, como por el efecto de la CRH liberada en el propio hipocampo.

El estrés agudo puede desencadenar manifestaciones alérgicas como el asma, el eczema o la urticaria, ataques de hiper o hipotensión, síntomas gastrointestinales (diarrea, indigestión, estreñimiento, etc.), o diversas formas de dolor (dolor de cabeza tensional, dolor abdominal, migraña, etc.). Estas alteraciones pueden asociarse a diversos mecanismos del sistema del estrés. Por otra parte, los efectos perniciosos de ciertas hormonas del estrés (p. ej., los glucocorticoides) pueden ser particularmente dramáticos durante los periodos sensibles del desarrollo.

El estrés crónico implica una activación de la respuesta de estrés prolongada en el tiempo. La etapa de desarrollo prenatal, así como también la infancia y la adolescencia, constituyen etapas sensibles de elevada vulnerabilidad a los efectos del estrés elevado, especialmente si se trata de estrés crónico (estrés continuo o intermitente). Las consecuencias del estrés crónico son más perniciosas que las del estrés agudo. Los niños expuestos a estrés traumático prolongado, como ocurre en casos de maltrato infantil, pueden sufrir daños irreparables en su desarrollo cerebral. Las distintas formas de trauma se refieren a casos de trastorno de estrés postraumático y distintos tipos de maltrato infantil, incluyendo el abuso sexual o físico, la privación temprana, la negligencia y el abuso verbal parental. En niños y adolescentes con trauma psicológico, así como también
en personas jóvenes adultas, se han encontrado alteraciones en muchas regiones cerebrales, entre las que se incluyen el hipocampo, el cuerpo calloso, el córtex prefrontal, el córtex sensorial, el cerebelo, y el cerebro en general.

estres cerebro
Regiones cerebrales en las que se han demostrado anormalidades estructurales o funcionales en niños, adolescentes y jóvenes que han sufrido trauma psicológico (maltrato físico, abuso sexual, negligencia, maltrato por negligencia, privación temprana, etc.). (A) sección sagital, (B) sección coronal y (C) sección transversal del cerebro. En distintos colores se indican las áreas afectadas: córtex frontal [marrón), cuerpo calloso [rojo), cerebelo [rosa), córtex visual [azul], amígdala (verde) e hipocampo (amarillo). En todas estas regiones se han encontrado alteraciones estructurales. Los escasos estudios que han examinado alteraciones funcionales (p. ej., conexiones entre regiones del cerebro) han observado estas alteraciones en el cerebelo, el córtex prefrontal, el hipocampo y la corteza visual. Tomado de Rinne-Albers et al. (2013).

Consecuencias psicológicas del estrés

Sandín et al. (2001). Se ha sugerido cierta identificación entre las respuestas del estrés y la función inmune sobre la base de una red de comunicación bidireccional entre el cerebro y el sistema inmunológico. Tal comunicación permite que la activación de las células inmunes pueda dar lugar a cambios fisiológicos, conductuales y afectivos que globalmente son conceptualizados bajo el término de «síndrome de enfermedad». Muchos de estos cambios equivalen a los que se producen durante el estrés, lo cual podría explicarse porque los estresores también pueden actuar sobre este sistema bidireccional cerebro-inmunológico.
Sandín et al. (2001). La perturbación crónica del sistema del estrés se ha relacionado etiológicamente con la depresión y los problemas de sueño. Mientras que el trastorno depresivo mayor se ha asociado generalmente con un estado de hiperactivación del eje HHC, ciertas formas de depresión como la depresión estacional, la depresión climatérica o la depresión posparto se han relacionado con hipoactivación de dicho eje.
Sandín et al. (2004). Encuentran que los sucesos vitales relacionados con el peligro, la pérdida y la salud se relacionan, respectivamente, con los trastornos de ansiedad, los trastornos depresivos y los trastornos hipocondriacos. Aunque los sucesos vitales consisten inicialmente en situaciones de estrés agudo, con el paso del tiempo suelen cronificarse sus efectos favoreciendo la aparición de otros sucesos y problemas estresantes.

A nivel psicológico, el estrés agudo puede producir reacciones de miedo o de pánico por activación de la respuesta de miedo a través de la amígdala. También puede producir brotes psicóticos (p. ej., de esquizofrenia) y trastornos asociados a estresores traumáticos (trastorno de estrés agudo y trastorno de estrés postraumático).

Las alteraciones de las hormonas del estrés junto con otros mediadores de tipo inmunológico (p. ej., la elevación crónica de IL-6) parecen ser factores causales de fatiga (el síndrome de fatiga crónica se relaciona con hipoactivación del eje HHC) y del denominado «síndrome de enfermedad» (somnolencia, fatiga, nauseas, fiebre, ánimo decaído, y reducción de la actividad social).

El estrés crónico se ha vinculado a diversos tipos de trastornos psicológicos, entre los que se incluyen los trastornos de ansiedad y la anorexia nerviosa. Estos trastornos podrían relacionarse con activación del sistema de miedo por la CRH, los glucocorticoides y la noradrenalina. Estos trastornos y alteraciones psicológicas relacionados con el estrés pueden llevar a niveles variados de desajuste o deterioro personal (malestar emocional y sufrimiento personal), familiar (problemas relacionados con la pareja o los hijos), social (alteración de las relaciones interpersonales), escolar (problemas en los estudios) y laboral (estrés laboral y/o síndrome de burnout).

Una manifestación del estrés crónico: el síndrome de burnout

Cristina Maslach y Susan Jackson (1981). Desarrollaron el Maslach Burnout Inventory (MBI), un cuestionario de autoinforme para la evaluación del burnout.
Schaufeli et al. (1996). Desarrollaron el MBI-GS (General Survey), una versión genérica útil que suele recomendarse para medir el burnout independientemente del tipo de trabajo, la cual ha sido adaptada al español por Salanova et al. (2000).
Seisdedos (1997). Se establecen tres niveles de gravedad de burnout que corresponden a las puntuaciones (MBI) del tercio inferior (centiles 1 a 33), tercio central (centiles 34 a 36) y tercio superior (centiles 67 a 99).
Ramos (1999). Suele aceptarse que el burnout es una respuesta al estrés laboral que surge tras un proceso de reevaluación cognitiva, cuando las estrategias de afrontamiento empleadas no son eficaces para reducir ese estrés laboral percibido.
Esteras et al. (2014). Constataron la relevancia de algunos factores que podrían favorecer el síndrome. Un claro factor de vulnerabilidad era el afecto negativo (para las tres dimensiones de burnout). Un claro factor de protección fue la satisfacción laboral (p. ej., con el proyecto educativo, el centro de trabajo, el tipo de alumnos, las expectativas de promoción, etc.), la cual resultó significativa para todas las dimensiones de burnout. El afecto positivo resultó ser un factor protector de la despersonalización y la falta de realización personal (no predijo las puntuaciones en agotamiento emocional). En cuanto a los factores de riesgo, el estrés de rol (sobrecarga laboral, trabajo rutinario, etc.) predijo significativamente las puntuaciones en todas las dimensiones. Dos factores de riesgo, i. e„ las condiciones organizacionales (p. ej., recursos inadecuados, no tener claras las funciones, escasos incentivos económicos) y las condiciones de supervisión (p. ej. falta de apoyo de la dirección, escasa participación en las decisiones del centro) predecían el burnout en las dimensiones de falta de realización personal y despersonalización, respectivamente. Otras variables como la religión, las preocupaciones profesionales, la etapa educativa, o la falta de reconocimiento profesional no resultaron ser relevantes para predecir las puntuaciones en burnout.
Esteras et al. (2018). Estudios recientes indican que la prevalencia del burnout entre los profesionales dedicados a la salud varía entre el 5,9% y el 14,9 %.
Esteras et al. (2019). En una muestra de población docente, nuestro grupo de investigación constató que los docentes con síndrome de burnout manifestaban mayor nivel de sintomatología somática y psicopatológica comparado con los docentes sin el síndrome. Constatamos, así mismo, que el agotamiento emocional correlacionaba de forma significativa con todas las dimensiones de sintomatología somática y psicopatológica (excepto con psicoticismo), aunque las correlaciones fueron más elevadas con unas dimensiones que con otras; por ejemplo, en lo que concierne a las variables somáticas, el agotamiento emocional correlacionaba especialmente con la sintomatología de tipo musculo-esquelético, inmunológico general, cardiovascular, neurosensorial y gastrointestinal, así como también con la puntuación total en la escala de síntomas somáticos. Las correlaciones con despersonalización y la falta de realización personal fueron menos relevantes.

El síndrome de burnout es una alteración psicológica que se ha vinculado al estrés laboral, una forma de estrés crónico. El concepto de burnout, o síndrome de estar quemado, fue descrito originalmente por Freudenberger (1974) para referirse a las reacciones físicas y mentales que observó en un grupo de personas que trabajaban en una clínica de desintoxicación; después de un año, muchos de ellos se sentían agotados, irritables, y habían desarrollado una actitud cínica hacia sus pacientes y una tendencia a evitarlos. Posteriormente Cristina Maslach y Susan Jackson (1981) lo definieron como un trastorno adaptativo crónico, asociado a las demandas psicosociales que requiere el trabajo directo con personas, experimentando un desequilibrio prolongado entre las demandas y los recursos de afrontamiento.

Tras la publicación por Cristina Maslach y Susan Jackson del ya clásico cuestionario de autoinforme para la evaluación del burnout, se ha venido entendiendo el burnout como un constructo multidimensional constituido por al menos tres dimensiones separadas:

  1. Agotamiento emocional (o cansancio emocional). Caracterizado por pérdida progresiva de energía, desgaste personal, agotamiento y fatiga.
  2. Despersonalización. Se manifiesta a través de irritabilidad, actitudes negativas y respuestas frías e impersonales hacia las personas (pacientes, alumnos, clientes, etc.).
  3. Falta de realización personal. Se caracteriza por respuestas negativas hacia sí mismo y hacia el trabajo.

Se ha sugerido que la mayor incidencia del burnout se da entre los profesionales que ofrecen un servicio asistencial y cuyos destinatarios de su labor profesional son las personas. Entre las consecuencias del síndrome de burnout se han sugerido las siguientes: desmotivación, negativismo, pasividad, bajo rendimiento en el trabajo, absentismo e insatisfacción laboral. Las cifras que se han dado sobre prevalencia del burnout en España son muy variables, y difieren en función del tipo de población estudiada, según la profesión de que se trate, del tipo de función dentro de la profesión, del tipo de actividad y del criterio que se utilice para definir la existencia de casos del síndrome.

El síndrome de burnout se ha evaluado fundamentalmente a través del Maslach Burnout Inventory (MBI) (Maslach y Jackson, 1981). Consta de 22 ítems sobre pensamientos, sentimientos y actitudes personales que se experimentan en el trabajo. Se considera que una persona presenta síndrome de burnout cuando muestra puntuaciones elevadas (tercio superior) en agotamiento emocional y despersonalización, y puntuaciones bajas (tercio inferior) en realización personal. Aunque el MBI sigue siendo el instrumento más utilizado para evaluar el burnout, Schaufeli et al. (1996) desarrollaron el MBI-GS, una versión genérica útil que suele recomendarse para medir el burnout independientemente del tipo de trabajo.

Entre las consecuencias psicopatológicas relacionadas con el burnout se han señalado diversas alteraciones físicas, así como también una reducción del bienestar y salud percibidos, y niveles elevados de ansiedad y depresión. No obstante, se ha indicado que la dimensión de agotamiento emocional parece asociarse de forma más estrecha con la perturbación de la salud, en comparación con las otras dos dimensiones del burnout (despersonalización y realización personal). A este respecto, el agotamiento emocional se ha relacionado con la depresión, los trastornos obsesivo-compulsivos, la ansiedad, la hostilidad y la ideación paranoide. También se ha sugerido evidencia a favor de un posible papel de la dimensión de despersonalización en la sintomatología de tipo psicótico (ideación paranoide, personalidad psicótica y hostilidad).

Cabría asumir que el agotamiento emocional podría asociarse al estrés crónico y a pérdida de motivación del individuo, y generar vulnerabilidad para el desarrollo de enfermedades físicas y mentales. Así mismo, el agotamiento emocional parece tener ciertas similitudes con el denominado «agotamiento vital», el cual se ha asociado de forma significativa a los trastornos emocionales (especialmente depresión) y psicosomáticos (en particular con la cardiopatía coronaria. La correlación de los síntomas músculo-esqueléticos con las tres dimensiones del burnout es consistente con la idea de que cualquiera de las tres dimensiones de burnout posee una relación estrecha con los estados de tensión psicológica, incluidas las manifestaciones de tensión muscular, como aspecto genérico asociado al burnout.

El tratamiento psicológico del síndrome de burnout presupone abordar los posibles componentes del modelo del estrés que pudieran estar implicados. Así mismo, deben tenerse en cuenta los diferentes factores implícitos en el propio contexto organizacional, tales como la satisfacción laboral, los contenidos del trabajo, la desorganización laboral, la problemática administrativa, la carga laboral, la supervisión, etc. (Esteras et al., 2014, 2018). Las estrategias de intervención a aplicar en personas con síndrome de burnout deben integrar técnicas que posibiliten:

  • Minimizar los estresores del contexto organizacional.
  • Modificar los procesos cognitivos de autoevaluación y afrontamiento (p. ej., fomentando el afrontamiento focalizado en la solución de problemas).
  • Eliminar o neutralizar las consecuencias del síndrome (entrenamiento en técnicas de solución de problemas, inoculación del estrés, etc.).
  • Desarrollar habilidades de comunicación interpersonal y asertividad.
  • Fortalecer las redes de apoyo social.
Maslach Burnout Inventory (MBI) (Maslach y Jackson,1981)

Estrés y conductas relacionadas con la salud

Rodin y Salovey (1989). El apoyo social, no obstante, también se ha visto que puede potenciar las CRS nocivas. Por ejemplo, se ha observado que durante la adolescencia es frecuente que se estimule entre los compañeros el consumo de drogas, por lo que el tamaño del grupo de pertenencia puede ejercer influencias negativas para la salud.
Adler y Matthews (1994). Se ha sugerido que el apoyo social reduce la frecuencia de CRS no saludables. Las personas que viven bajo situaciones estresantes (pérdidas afectivas, estado de embarazo, etc.) hacen más ejercicio físico y evitan más el alcohol o el tabaco cuando gozan de apoyo social elevado, en contraste con las personas que, bajo situaciones estresantes semejantes, poseen reducido apoyo social.
Adler y Matthews (1994; Holroyd y Coyne (1987). Se han estudiado las CRS nocivas como variables a controlar en los diseños de investigación sobre los efectos del estrés, en lugar de verlas como mediadores de las relaciones entre las variables situacionales o personales y la salud. Así, a veces se estudia la relación entre sucesos vitales y la salud controlando la posible implicación de conductas como la ingesta de alcohol, el fumar o la dieta, cuando en realidad el estrés psicosocial o las características personales pueden ejercer sus efectos sobre la salud a través de estas variables (p. ej., incrementando la conducta de fumar).
Sandín et al. (2012). La implicación de las creencias personales de salud, según postula el modelo de creencias de salud de Rosenstok (1974) para la predicción de conductas de salud específicas, se ha demostrado empíricamente para conductas CRS como la participación en programas preventivos de cribado de cáncer de mama y las conductas de demora en personas que precisan ser atendidas médicamente.

El estrés puede generar directamente efectos psicológicos y fisiológicos que alteran la salud. Sin embargo, el estrés puede influir también sobre la salud de una forma más indirecta fomentando o manteniendo conductas no saludables. Las conductas relacionadas con la salud (CRS) han sido definidas como constitutivas de una vía mediante la cual las variables ambientales (sucesos vitales, apoyo social) y personales (personalidad, etc.) pueden afectar a los mecanismos fisiológicos e incrementar el riesgo a enfermar.

Las variables de diferencias individuales también han sido vinculadas a la práctica de CRS nocivas. La conducta tipo A, por ejemplo, se ha relacionado repetidamente con el consumo elevado de alcohol y con el hábito de fumar, y el neuroticismo parece correlacionar negativamente con la práctica continuada de ejercicio físico. Este fenómeno reviste una particular importancia ya que con frecuencia se han estudiado las CRS nocivas como variables a controlar en los diseños de investigación sobre los efectos del estrés, en lugar de verlas como mediadores de las relaciones entre las variables situacionales o personales y la salud. Así, a veces se estudia la relación entre sucesos vitales y la salud controlando la posible implicación de conductas como la ingesta de alcohol, el fumar o la dieta, cuando en realidad el estrés psicosocial o las características personales pueden ejercer sus efectos sobre la salud a través de estas variables (p. ej., incrementando la conducta de fumar).

Autoevaluación

Referencias

  • Belloch, Sandín, Ramos Campos, and Sandín, Bonifacio. Manual De Psicopatología. 3ª edición. Madrid [etc.]: McGraw-Hill Interamericana De España, 2020. Print.

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